sábado, 29 de septiembre de 2007

¡Insania!

Por L.A.

¡Insania!

Múltiples puestos de flores. Como las tumbas apiladas del cementerio de la Recoleta. Despiden hedores moribundos. Transporto las manos hacia la nariz. Tapo sus orificios.

¡Insania!

Alfombras rociadas con desodorante de ambiente. Flores amoníacas pervierten el olfato desacostumbrado a los olores elitistas del hotel Sofitel. Náusea manifiestas en mí ser.

¡Insania!

Reside en las cercanías de las plazoletas. Cubiertas por las barreras infames que porta orgullosa la ciudad. Bosta de perro pudiente. Olorosa como bolsa olvidada. Pasan por la garganta arcadas ruidosas.

¡Insania!

En el ascensor siento el perfume amarillo de la vieja vecina. Parasitaria como muerto ante un lirio. Contengo la respiración. En el sexto piso, un vómito furioso escapa a sus zapatos acharolados.

viernes, 28 de septiembre de 2007

jueves, 27 de septiembre de 2007

El aleph, una biblioteca sin fin


Imaginado por Borges en La Biblioteca de Babel ("El universo -que otros llaman biblioteca- se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio..."), dos flacos de la Universidad de Standford (Sergey Brin y Larry Page) decidieron en septiembre del 98 (el 7 para ser exactos) mejorar su buscador BakRub tras rebautizarlo con el nombre Google.

Como suele suceder en estos casos, Sergey y Larry armaron una sede social en un garaje de una amiga de una amiga de Brin, donde instalaron un cable-módem y una línea LSD. Como buenos freakies decidieron el nombre Google por su parecido a la palabra "googol", que en inglés es como se le dice a la cifra "10 elevado a 100" (un 1 seguido de 100 ceros).

Nadie sabe donde finaliza este universo de símbolos ausentes de consecutividad, pero si podemos darnos cuenta de que Borges, antes que Brin y Page nacieran, pudo ver en el sótano de la casa de la calle Garay, acostado sobre el piso de baldosas, el Aleph que, con el nombre de Google, contiene todos los puntos del espacio existente. ¡Feliz noveno aniversario, manga de enfermos!

miércoles, 26 de septiembre de 2007

Tacvba, hacedor de fans


Por Patricio Erb

“Pese a que sólo conocía tres temas, fue el mejor recital en el que estuve en me vida”, me comentó un amigo hace unos quince días cuando le dije que iba a ver a Café Tacuba. Sinceramente esa frase no me sorprendió para nada, puesto que todos los fans que conozco de los mejicanotes se vieron atrapados en la fascinación de la energía que irradian desde arriba del escenario.

Cursis canciones de amor, temas ecologistas berretas, chombas retro compradas en Palermo, cortes de pelo de 50 mangos, lindas minitas arregladamente desarregladas. Todo esto forma parte de un paquete maravilloso que te vende Tacuba, que uno compra a ciegas con sumo placer: la diversión de bailar, saltar, olvidarte... en definitiva, pasarla bien, loco.

Todavía no eran las cinco de la tarde. Sentado en el London (Florida y Avenida de Mayo) desde hacía algo más de una hora con un cortado “chiquito”, un policial negro y apuntes facultativos inmaculados, esperaba ansioso la vuelta de los chavales que siempre, más allá de sus canciones pegadizas, me resultaron simpáticos buenos músicos ausentes de pretensiones divistas solemnes.

Encerrado en el cuarto de fumadores del bar, mi cortado de cinco mangos con propina no podía aguantar más la mesa. Decidí dejar sin terminar mi novela, nunca pasar al estudio e irme para La Trastienda a esperar que se cumpla el momento del show. Antes de salir me aseguré de que tuviera las entradas conmigo (sabía que las tenía, simplemente la paranoia me provocaba fijarme mil veces).

Una vez en La Trastienda (algo después de las siete –el recital estaba anunciado para las nueve-), un nuevo cortado "chiquito", de vuelta la literatura (jamás a la burocracia de los apuntes; letras fotocopiadas carentes de fetichismo no invitan a leerse). 19.30, 20, 20.30. Comenzaba a pensar que no me gustaba la idea de ver a los Cafeta sentado en las mesas con sillitas de madera que ofrece el teatro (las sillas junto a la mesa tal vez son más acordes si uno va a escuchar buen jazz o algún plomo como Radamel).

Ya adentro del teatro de la calle Balcarce, las camareras me ubicaron en la sexta fila de mesas que, sin embargo, era la duodécima fila de personas, por lo que corroboré que el plano que publica Ticketek es cualquier cosa. 21.39 se apagaron las luces. Rubén Albarrán (Sizu Yantra, Nrü y AT Medardo ILK, Cafeta, Rita Cantalagua o Anónimo, entre otros pseudónimos) apareció vestido con un traje blanco que cubría su algo más de ¿metro sesenta? Comenzó el recital con un tema del último disco (Sino). Inmediatamente finalizada la primera rolita Sizu disparó con tonada mexicana: “Me contaron que es medio careta La Trastienda; podrían pararse un poquito, ¿no?”. Creo que enseguida vino “Cero y Uno” y los que estaban parados en el fondo enfilaron por el pasillo y se fueron para adelante seguidos por los que estábamos sentados, para continuar así todo el recital de Tacuba como tiene que ser: saltando frente al escenario.

Después fueron más de dos horas de show. Desde temas melosos como “Mediodía”, “Eres” o “María” hasta los hits de la banda “El Metro”, “El baile y el salón”, “Chica banda” (donde se subieron mil flacas al escenario a bailar con el hiperquinético Albarrán). Tampoco faltaron los ya clásicos “Déjate Caer” (con la máscara y la coreografía de siempre), “Ingrata”, “Como te extraño”, “El puñal y el corazón”, “Las Flores” y, tal vez tocado por primera vez en Buenos Aires, “Trópico de cáncer”, del disco Re.

Formación clásica santaolalliana (guitarra -Joselo Rangel-, bajo -Quique Rangel-, teclados -Meme Del Real- y, desde la gira pasada, batería -decisión que le dio mucho más poder y soporte a la banda-), los oriundos de Ciudad Satélite, cada vez que tocan por los pagos han logrado convertir a un flaco desprevenido, que “sólo conocía tres temas”, en un fanático que nunca más dejará de escucharlos.

martes, 25 de septiembre de 2007

lunes, 24 de septiembre de 2007

Gustavo I de Suecia


Por Nicolás Rombo

En el cuadrigentésimo septuagésimo sexto aniversario del casamiento de Gustavo I de Suecia (1496-1560), también conocido como Gustavo Eriksson, queríamos recordar la vida de un sujeto que, en principio, no paraba de coger: tuvo once hijos (Erik -con Catalina de Sajonia Lauemburgo-; Juan; Magnus; Carlos; Sten; Carlos -de nuevo-; Catalina; Cecilia; Ana; Sofía; Isabel; estos últimos concebidos por Margarita Eriksdotter, su segunda esposa).

Gustavo I (Rey de Suecia desde 1523 hasta su muerte), quien también era llamado simplemente Gustavo Vasa, estaba influenciado políticamente por Ingvar Kamprad (1490-1589), guerrero estratega amante de la novela histórica, quien se oponiía férreamente a la Unión de Kalmar impulsada por Dinamarca, Suecia y Noruega, que buscaba, por las buenas o por las malas, adjuntar al estado sueco bajo su dominio.

Tal es así, que en 1518, Cristian II, Rey de Dinamarca, decidió invadir Suecia para llevar adelante su cometido. Ante ese ataque, Gustavo Vasa (por ese entonces un simple militar) tomó parte de la batalla de Brännkyrka, que significó el triunfo de los antiunionistas y el inicio de su fama en Suecia.

Sin embargo, antes de lograr erigirse como Rey en 1523, Gustavo, quien había prometido que no estaría con una mujer hasta finalizar con la amenaza de los enemigos de Suecia (por lo que parece, lo ha conseguido), sufrió la traición de Cristian II, quien encarceló a nuestro protagonista al romper un acuerdo polítco alcanzado tras su invsión fallida.

Luego de casi un año de estar prisionero en el castillo Kalø, al noreste de Århus, Gustavo Vasa logró escapar, regresando a Suecia (previo paso por Lübeck, Alemania). De vuelta en su país, el que sería recordado como el "Liberador del Frío" comenzó una campaña militar desde el noroeste, que culminó el 20 de junio de 1523 cuando hizo su entrada victoriosa a Estocolmo (seis días antes había sido coronado en Strängnäs).

Más tarde, el 24 de septiembre de 1531, al casarse con la princesa Catalina (a los 35 años), Gustavo comenzó a recuperar el tiempo perdido teniendo a su primogénito Erik (heredero del trono), quien luego se convertiría en el más famoso organizador de orgías de todo Europa. Ya coronado, Erik XIV terminaría siendo derrocado por sus medios hermanos, que reclutaron a los hijos no reconocidos de Eriksson que alcazaban los 516, número que descendió drásticamente tras concretarse el ansiado golpe.

Resaca


Es medio berreta, pero está simpático.

sábado, 22 de septiembre de 2007

La primavera, el 23


Tal como manifestó la placa roja de Crónica el viernes por la tarde, "LA PRIMAVERA EMPIEZA EL (domingo) 23 DE SEPTIEMBRE", tras un sábado envuelto en flores (aunque del otro lado de Donato Álvarez).

viernes, 21 de septiembre de 2007

Don Pierluigi Anselmo Palermo


Por Alejandro Romero

Con los cuatro tantos convertidos el domingo a un timorato F.C.Banfield (dos de dudosa factura), Martín Palermo se ha erguido como figura excluyente de la fecha. Pero ni los cuatro goles ni el récord que persigue y que pronto batirá (está a tan sólo doce goles de convertirse en el máximo goleador de la historia del Boca Juniors.A.C) eclipsarán la llamativa y cinematográfica carrera de este player, que cuenta en su haber con goles hechos por casualidad, tarimas que se desmoronan sobre su tibia, y en consecuencia también sobre su peroné, producciones fotográficas vestido de mujer en jaulas de zoológico con monos, piropos propinados por cagatintas de primera hora, y un sinfín de etcéteras. Esto es un dato anecdótico; Martín no es el único Palermo que se destacó en la historia del apellido.

Según la foja 512/6 del Registro Nacional de Inmigraciones de 1894, en el trasatlántico “María Antonieta”, proveniente de Italia, arribó a nuestras costas, con veinte abriles recién cumplidos, Don Pierluigi Anselmo Palermo, bibliotecario del aquel entonces partido Demócrata Cristiano de Módena. Llegó al país con un claro objetivo; amasar una fortuna. Lo logró, claro está, asociándose oportunamente a quien debía. Así las cosas, Pierluigi, sin proponérselo, sería protagonista directo de curiosos episodios de nuestra historia.

En 1919 se asoció a un grupo de jóvenes militantes de la Unión Cívica Radical y conoció a Hipólito Yrigoyen. Simpatizó de inmediato con el por entonces presidente, aunque no fue mutuo el reconocimiento. Distanciado Yrigoyen de Marcelo T. de Alvear, Don Pierluigi confesó al presidente, en un bar de la calle Brasil, que había algo que no le gustaba de Alvear. “Presidente”, dijo “ustedes nunca van a saber qué clase de hombre es Marcelo”. Yrigoyen fulminó con su mirada a Don Palermo. Años después Yrigoyen entregaría el mando del país a Alvear y viceversa. Derrocado en el 30´ por un golpe cívico militar, el ya viejo Hipólito repetiría las textuales palabras de Don Pierluigi Palermo como una suerte de profecía, ante las sospechas de la participación de Alvear en su derrocamiento. He aquí su primera contribución al diccionario de frases célebres de nuestra historia.

El tiempo, pero sobre todo la apacible fortuna que amasó, transformaron a Pierluigi Palermo en un viejo paranoico y malhumorado. No confiaba en nadie y tenía como pasatiempos ampliar su anecdotario y soltar frases acabadas y ampulosas. En una de ellas encontró, sin saberlo, un sitio en la memoria colectiva. Corría el año 1946 y la emergencia de sectores anteriormente relegados al poder enfurecieron por completo al viejo Palermo. Utilizó todo tipo de adjetivo calificativo para definir al peronismo. Pero su obra cumbre no tardaría en llegar; Pierluigi, en un acto de repudio espontáneo, y haciendo valer su tan defendida independencia intelectual, construyó todo el suelo de su casa de campo con carbón y maderas de cajones de verduras en un claro signo de protesta en contra de “algunos peronistas” que, según creía, practicaban una lógica inversa. Cuentan sus familiares y algunos vecinos disidentes que escuchaban los gritos que fue Don Pierluigi Palermo aquel que popularizó el “y, ¡¿qué querés?! son peronistas, hacen el asado con parquet”. La frase, que quedó inmortalizada en el inconsciente colectivo, fue una mácula en la vida del italiano.

Los Palermos, estos Palermos, y también el Viejo, el Nuevo, el Hollywood y el Soho seguirán recordándonos a aquellos que, desde la astucia de la palabra justa o el oportunismo deportivo, desde su modestísimo lugar, desde su cotidiano aporte, nos hacen asociar día a día su apellido a una imborrable huella espiritual. Dos frescos goles más al F.C San Pablo confirman la sospecha.

jueves, 20 de septiembre de 2007

Say... more


A modo de excusa para subir un García Moreno diseñado por mi amigo Facundo, colgamos la letra Desarma y Sangra (tendremos que imaginar los sonidos del piano).

Desarma y Sangra (por Charly García)

Tu tiempo es un vidrio,
tu amor un faquir,
tu cuerpo una aguja,
tu amor un tapiz.
Si las sanguijuelas no pueden herirte,
no existe una escuela que enseñe a vivir.

El ángel vigila,
descubre al ladrón,
le corta las manos,
le quita la voz.
La gente se esconde,
o apenas existe,
se olvida del hombre,
se olvida de Dios.

Miro alrededor,
heridas que vienen,
sospechas que van
y aquí estoy:
pensando en el alma que piensa
y por pensar no es alma.
Desarma y sangra.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Paranoia


(Podés caminar con un sorete de sombrero, que igual nadie te mira).

martes, 18 de septiembre de 2007

Club Atlético Fernández Fierro


Por Facundo Carmona

Caminar por el Abasto puede ser una experiencia anodina si se la mira con desdén. Sin embargo, sus callejuelas iluminadas por luces trémulas y las bocacalles saturadas de basura y excremento; esconden un bullicioso ecosistema urbano. La pantalla del celular marca 21:25 PM y la poca gente que deambula por la acera son parte de los habitantes multiétnicos del barrio: silenciosos bolivianos de pies pequeños, peruanos bebedores de Inca Cola, paraguayos que discuten entre niños y el penetrante olor a fritura que baja como un alud desde los conventillos. El panorama de tolerancia y hermandad cuchillera se completa con coreanos y rusos que, ahogados en sus balbuceos idiomáticos, miran silenciosos el cuadro disgregado.

Sin embargo el paisaje comienza a variar con el correr de los minutos, los teatros abren sus puertas, en un restaurant de comida hindú dos parejas se sientan a la mesa para saborear el sinsabor de la oriental artimaña culinaria. Las colectividades se van replegando de apoco, abriendo el campo a los primeros visitantes de la noche: intelectuales orgánicos, catequistas de izquierda, hippies kosiuko, hordas de aborigenistas de ciudad que rememoran sus antropológicas vacaciones en el NOA. Hasta que el espectáculo es completado con un par de mods palermitanos: lentes de marco grueso y sacos de cuero que merodean los teatros enclavados en la calle Humahuaca.

En el centro de este gran souffle se encuentra el Club Atlético Fernández Fierro, el remozado galpón donde la Orquesta Típica Fernández Fierro (OTFF) toca regularmente todos los fines de semana. En la entrada se amontonan numerosas parejas y grupos de diversas edades, géneros y nacionalidades. En la fila que conduce a las boleterías, una jovenzuela de pelo azabache, metro sesenta, buenas y prominentes formas habla por celular. Espera a alguien, se impacienta y cede el lugar desconsolada. Sobre sus pechos una constelación de pecas vibran al ritmo de su respiración.

El nombre del lugar es, mínimamente, original. En algún sito se puede leer la definición de Club como “un grupo de personas libremente asociadas, o sociedad, que reúne a un número variable de individuos que coinciden en sus gustos y opiniones artísticos, literarios, políticos, filantrópicos, deportivos, etc., o simplemente en sus deseos de relación social”. ¿El tango aglutinaba a las 200 personas que se encontraban ahí?

La respuesta llego a las 23:45 cuando comenzaron a sonar las primeras notas de “Las luces del estadio”, de Jaime Roos y “Buenos Aires hora cero”, de Piazzolla un magnífico medley que irrumpió con virulencia en el silenciosos público. Una estampida de elefantes sepultó bajo sus patas al auditorio, que tan solo unos minutos antes se contorsionaba torpemente al ritmo de algunos standars clásicos del género. Sin embargo lo que prosiguió a la danza fue algo completamente diferente: un golpe de knock out directo a la mandíbula, el estremecimiento ante el poder de la música, los golpes en el estómago, las pulsaciones aceleradas. Estos muchachos estaban demoliendo el lugar.

Más allá, el tango tamizado por sus manos tiene la vigor de Mussorgsky, la oscura y profana violencia de La Noche en el Monte Calvo o de ciertos pasajes Cuadros de una Exposición. Pero más acá: una velocidad que actualiza el sonido del género sin recurrir a la ortopedia de la electrónica, demostrando que lo clásico puede irrumpir en lo moderno sin imposturas: sin el peluquín de los jóvenes de ayer y sin la vacuidad sonora de los de hoy.

La OTFF juegan al límite, son un dique a punto de reventar, que se agrieta paulatinamente. Y esto se produce, finalmente, cuando el Chino Laborde sale a cantar, vestido de mujer, “Trenzas”: voz grave, gesto adusto, venas al límite, retumba el escenario. Se va todo al carajo: una cascada de talento y energía, investida por una actitud 100% rocker; sin solemnidad tanguera, sin Silvio ni Copes. Los tangos de OTFF, propios y ajenos, suenan a esta Buenos Aires, no hay guiños al pasado, no hay estridencias gardelianas.

Desde el momento en que suena la primer nota hasta la última, se suspende momentáneamente la historia, las influencias, los covers (después habrá espacio para el análisis y las influencias, que las hay). Actual y contundente es su música, y no nos cansamos de repetir, la propia y la ajena, porque está última interpretada por ellos borra los copyright, las interpretaciones canónicas y se transforman en únicas.

Al salir la alegría de los asistentes es inmensa. En la calle dos pibes se pelean frente a una chica en chancletas, otro manguea una moneda, hay tranzas fugaces, rupturas y amoríos, mucha velocidad, mucho microondas. La gente se aleja con una sonrisa, tenían la certidumbre de haber de escuchado una parte de la ciudad.

lunes, 17 de septiembre de 2007

La noche que vi a Coppola


Por Patricio Erb

Surrealista, esa fue la sensación que envolvió a mi cuerpo mientras esperaba a mi amiga Majo en la puerta de Antares el domingo a la noche. Pasadas las ocho, aguardaba apoyado sobre el capot de un auto estacionado en la calle Armenia.

Distraído, escuchaba “Para los árboles” de Spinetta (no me acuerdo qué tema; Ciénaga dorada, tal vez). De repente miro a un viejito acompañado de una chica joven (treinta años tendría). Lo que en principio era sólo un señor con su hija, en un segundo, se apoderó de toda mi atención.

Con un sobretodo oscuro (gris topo seguramente), un gorrito de marinero que le cubría todo el pelo y unos anteojos con grandes marcos redondos, el viejito de barba blanca caminaba con pasos cortos bajo la noche del barrio de Palermo, que regalaba uno de sus últimos días invernales del año.

Por Armenia, el señor (de inocultables muchos años) venía desde Gorriti en dirección a Cabrera. Recordando con detalles, descubrí la presencia del viejito cuando estaba casi enfrente de mí. Al verlo por primera vez, mi cabeza estaba levemente inclinada mirando hacia la izquierda, para finalizar con una contorsión de cuello de 180 grados hacia la derecha, que hizo sonar varios huesos.

En esos catorce, quince, dieciséis segundos que observé al señor mayor caminar despacio en silencio con las puntas de sus zapatos hacia fuera, se me vinieron a la mente mil asociaciones que no me dejaron dudas: era Francis Ford Coppola. Pequeños comentarios en inglés de la joven señorita que lo acompañaba, colaboraron para que mis sentidos regalaran curiosidad al andar del viejito, que resultó ser el director de la trilogía más maravillosa de la historia del cine.

No me salió decirle absolutamente nada (aún ahora no se me ocurre). Me lo imaginaba más alto (rozará el metro ochenta). En tanto, sobre el asfalto de la calle, doce, trece o catorce niños riéndose a carcajadas bajaban de una vieja camioneta Volkswagen Gacel estacionada en doble fila. Yo, sentado sobre el capot del auto. Llegó Majo. Nos saludamos. Entramos a Antares. No le comenté nada. Era surrealista.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Domingo


Rincones


Sin lugar a dudas, los verdaderos pecados capitales están en el interior. Evita la avaricia, la pereza, la envidia y la soberbia, sin embargo no dudes en comer, enojarte y coger sin culpa.

viernes, 14 de septiembre de 2007

El Indio desde el baño


Como muchos de Uds. sabrán, el Indio Solari edita nuevo disco: "Porco Rex". Pese a no ser fanático de Los Redondos (cosa que no le va a cambiar la vida a ninguno), me pareció que una letra de su trabajo, siempre es bienvenida para los que disfrutamos de la buena poesía.

Te estás quedando sin balas de plata...*

Es encantador...
Tan encantador!
Jurás que te criaste en un balde de gusanos
tonteras de ayer que no te dejan ser feliz
No te están quedando más de tus balas de plata
(no debí decirlo, tu esclavo ahora soy…)
Es encantador… Tan encantador!
Debo confesarte que algo me he guardado
me dejé ganar y me puse encantador
A mi alrededor todos piensan que bromeo
y es encantador que pueda sentirme así.
Es encantador…
Hay en tu voz un dolor ligero
encantador, con color de pillo
Es encantador…muy encantador
Sos titán del sexo, persuasivo y goloso
tu tipa no ve que es una cerda igual que vos
(te manda mensajes de estrellita caliente)
Traga y hace muecas, implora y pide más.
Sos encantador…muy encantador
Lengua rosada y de terciopelo
Café del Mar y baladas tontas
Es encantador…Tan encantador!
Seco, congelado, tonto y afortunado
Macho tupperwear, confortable (tudo Ben)
Cargás con la madre de todas las resacas
Cara de tapir, de gordito bon-o-bon
Sos encantador!
Muy en cantador! Tan encantador!

(*publicado en cualeselprograma.blogspot.com)

jueves, 13 de septiembre de 2007

El espectáculo invertido


Por Alejandro Romero

Un espectáculo, en si, necesariamente, debe contar con la presencia de cuatro actores; un escenario, la puesta en escena (pelea, disputa, presentación, representación, discurso, etc.) actores que interpreten lo anteriormente mencionado y, por último, aunque esencial a sus fines, el espectador. Este oficia de receptor-partenaire en todo esquema representativo que lo incluya, y ha ocupado un rol muy preciso en este circuito. Pero el otrora límite invisible en la relación entre espectáculo y espectador que funcionó aceptablemente (siempre con algunas excepciones) durante los últimos siglos, parece jaqueado por la irrupción de un nuevo arquetipo de espectáculo.

El fútbol contemporáneo admite una nueva tipología de espectador que ya no se conforma con satisfacer sólo su pulsión escópica, sino que también utiliza el cuerpo para protagonizar y luego para disputarse el poder con el propio concepto de espectáculo. Sigue conviviendo el deseo proverbial de observar-mirar y ser visto, de ser en a partir de la mirada de un otro, pero se refuerza con la idea de un cuerpo no ya neutral o quieto, sino en constante movimiento, un cuerpo in actio.

El resultado de esto parece ser el siguiente; que sean los actores de este gran teatro los que observen, brazos en jarra, a las escandalizadas tribunas, a los spectator reunirse para injuriar no ya ad hominen sino ad personam, no ya al contrincante de grito tribunero desenfrenado, sino a los propios protagonistas, jueces o futbolistas ellos, que dirimen en la arena sin entender, a la espera de una resolución, de un fin de acto, de un telón que cae tieso a sus pies. Es el espectáculo el que observa y centra su atención en el público, esperando también una resolución y una conclusión; un climax y un final, como en todo espectáculo.

No debe resultar ajeno que se alimente este fenómeno argumentativo por algunos profetas del deseo, fecha a fecha, en cada una de las categorías profesionales o amateurs, por cada una de las tribunas donde se dispute, más no sea, un pequeño espacio de poder, aquí o allá. Y que sus profecías de disturbios y desmanes, de “escenas de violencia” en tal o cual partido, alentadas con tanta rabia y énfasis, provoquen que un botellazo en la cabeza del lineman sea celebrado por aquellos como un acierto en la quiniela matutina.

Pero creamos en la gesta de una novedosa ratio del espectáculo futbolístico, mucho más participativo y generoso en su conjunto, donde las miradas se centran no ya en un solo centro físico de atención; esta lógica hace que sean múltiples las perspectivas, las zonas áuricas de tensión. ¿Aquellas lejanas gratas jornadas de júbilo colectivo que describían los viejos cronistas deportivos se presentan, hoy, como irrevocablemente anacrónicas? Por lo menos los trajes y los sombreros lo son.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Lynch, la insurrección onírica


Por Mariana Zalazar

Una calle desierta. La puerta de un club nocturno. Dentro, La llorona de Los Angeles arrastra su cuerpo lúgubremente por el escenario, acercándose con lentitud inquietante al micrófono que la espera en los últimos resquicios del escenario. Allí (donde la insípida realidad inicia su derrota frente a la ficción) su voz surge de entre los pliegues de la niebla que la rodea. El escueto público enmudece. El sonido y el silencio parecían no ser capaces de soportar tanta nostalgia y dolor, hasta ese preciso instante. La desgarradora historia de un amor fallido o seguramente mucho más que eso. Súbitamente, y sin aviso previo, el cuerpo de la cantante cae por tierra. El fatídico movimiento no parece superar en trascendencia al tormentoso show que continúa desarrollándose en aquel sitio: la voz de la mujer aún se oye tan profunda y herida como desde el principio, como si ella estuviera aún de pie, como si ella aún estuviera.

Bienvenidos a "Mulholland Drive" (2001); un fruto más de la imaginación del siempre “extra-ordinario” David Lynch. Aquí la incertidumbre, más eficaz que cualquier narcótico, invade las pupilas enceguecidas de aquellos poco acostumbrados a su estilo; y deleita con una sobredosis de éxtasis a aquellos que ya han caído hace tiempo en su telaraña de ensueños y pesadillas.

La historia comienza, o mejor dicho, el film comienza en el sitio que le da título a la película. Un camino en la cima de las montañas, desde donde es posible contemplar los distintos rostros de un Los Angeles hollywoodense. El empalagoso mundo de astros condenados al éxito; la ansiosa búsqueda por ingerir un minúsculo pedazo de fama que provea el olvido de un destino imperturbablemente obvio; el sangriento desencanto de las identidades destinadas a perderse dentro de las apariencias que tan cuidadosamente supieron entretejer.

Allí, en ese sendero de curvas pronunciadas, el tiempo es un ente que vaga perdido en el limbo. Nada comienza ni termina, simplemente se funde en una eternidad de sucesos organizados de modo tan perfecto, que el más distraído de los espectadores puede confundir con puro desvarío inconcluso. Allí, la conciencia, el subconsciente y el inconsciente se escapan de las teorías psicológicas para hacerse carne en las experiencias humanas. El imperio onírico reclama a punta de pistola un trato más democrático en relación con la realidad, aquella alegoría andante que ha ganado una desmerecida popularidad con el correr de las centurias. Y ninguno como Lynch para hacer justicia.

Naomi Watts y Laura Elena Harring interpretan a dos mujeres -o tal vez cuatro, incluso seis- aprisionadas en una relación que se tambalea peligrosamente por la delgada línea que separa al odio del amor. La viva intensidad con que encienden las pasiones, tanto en la cama como fuera de ella, sólo puede compararse con la crudeza que mueve sus instintos más bajos, más asesinos, más autodestructivos. Los antagonismos se presentan sumergidos en una densa humareda que opaca las imágenes, un recurso/fetiche que ha acompañado al director a lo largo de toda su filmografía (basta sólo recordar la impresionante escena del incendio retrotraído de la cabaña de Carretera Perdida).

Muchos podrían concluir –y lo hacen- que Lynch sólo pretende encerrarnos en un circo maquiavélico donde el fin único es la confusión y el desaliento. Sólo puedo coincidir en una cosa: la necesidad de la confusión, de la intriga, la inquietud de lo desconocido. Pero ese desconcierto es sólo un medio – un exquisito medio- para un fin mayor: la revolución de las cosmovisiones, nuevas formas de ver el mundo, un camino hacia la posibilidad de ser libres, de despojarnos de nosotros mismos, de observarnos desde afuera; una posibilidad que sólo el verdadero cine puede brindar.

Si hay algo que no podemos negar de "Mulholland Drive" (espléndido despliegue de todo el universo lynchiano) es su compromiso con la manipulación de los planos, la música –mención de honor a Angelo Badalamenti, quien ha compuesto la música en varios proyectos del cineasta-, los colores, las representaciones de la vida misma hasta más allá de los límites de la razón. Si hay algo que podemos agradecerle es habernos reconocido capaces de disfrutar la verdadera experiencia cinematográfica que recién comienza cuando el film termina. Porque en esta película nada puede darse por sentado y el disfrute que proporciona lo proyectado en la pantalla se multiplica una vez encendidas las luces; una vez que tenemos la posibilidad de salir del hipnotismo y darnos cuenta que nos han extendido una invitación para construir nuevas dimensiones que exceden la triada física a la cual estamos sujetos día a día.

Circulamos por laberintos de humo. La propuesta de un mundo asimétrico en relación con aquel que los mortales nos hemos acostumbrado a mirar; un mundo desconocido, al cual entramos temerosos, pero del cual no queremos salir más, a pesar del estremecimiento.

Una calle desierta. La puerta de un club nocturno. Dentro, un maestro de ceremonias advierte al público: “No hay banda, no hay orquesta...pero sin embargo oímos una orquesta... todo es una ilusión”.

martes, 11 de septiembre de 2007

Dos parpadeos


Por L.A.

The end. La función ha terminado, las luces de la sala se encienden y dan lugar al lento peregrinar de los espectadores hacia la salida del cine. Permanezco sentada con la mirada fija en el agujero negro de la pantalla. La impresión que las imágenes me han dejado se confunde con los recuerdos personales sobre la muerte, la religión y las preocupaciones existenciales que fortalecen y debilitan al ser humano. Ver una película de Ingmar Bergman es perecer ante una verdad incómoda, es volverse metafísicamente más auténtico.

“¡Cómo poder describir un espectáculo tan bello!” piensa el viejo director de orquesta, un personaje de "Hacia la Felicidad" (1950). Primeros planos de rostros desnudos (¡sublimes primeros planos!), el contraste de las imágenes en blanco y negro (custodiado cuidadosamente por Sven Nykvist, el iluminador que lo acompañó en la mayoría de sus films), la música clásica que acentúa la sinfonía dramática del relato, la psicología de sus personajes expuesta en elegantes planos largos y el retorno al pasado mediante innumerables flashbacks conceden a las características del cine realizado por el director sueco la pureza del arte.

La fusión entre el sueño eterno y la realidad mundana, se percibe como sustancia onírica al comienzo de "El séptimo sello" (1956): una playa desierta, el crispar de las olas sobre la superficie del mar, un caballero y su escudero que regresan de las Cruzadas, las piezas de un juego de ajedrez dispuestas a que comience la partida, el relinchar de un caballo negro a lo lejos, la peste asolando a la población y, entre la niebla matutina, el acercamiento “físico” de la muerte. La secuencia sume al espectador en un viaje aterrador, el cuerpo se estremece y emanan preguntas: ¿qué dejamos cuando morimos? ¿quienes fuimos? ¿cuál es la razón de la existencia humana?

Conocido por las temáticas austeras de sus películas, interesado en la búsqueda de la opaca verdad de la existencia, Bergman ha ahondado en el alma humana. El corazón del cine (los espectadores) ha respondido a su arte con una participación asombrosa y reflexiva, perdida y tediosa algunas veces, otras veces interesada y gratificante.

Sus innumerables trabajos meritorios han sumado en "Persona" (1966) el experimentalismo de las vanguardias estéticas de los años treinta y la interpretación de Liv Ullmann y Bibi Andersson, que resumen en sus miradas el caos de las angustias femeninas; las preguntas al amor y a las relaciones de pareja encuentran en "Secretos de un matrimonio" (1973) y "Saraband" (2003) su expresión más sincera; la ausencia de Dios y su terrible visibilidad encuentra una confirmación paradojal en "El Silencio" (1963); los misteriosos sucesos de "El huevo de la serpiente" (1977) develan la paranoia, la miseria humana y el terror en la historia de un pueblo; y, en ninguno se ausenta su devastadora soledad.

Ingmar Bergman nos ha ofrecido un cercano mundo de imágenes, englobadas en una vasta filmografía. El ojo de cerradura ha convertido su mágico legado en una perdurable existencia.

lunes, 10 de septiembre de 2007

Baudelaire y el cabaret


Por Ignacio Maciel

En el principio de la fascinación está el espanto. Las odas, las elegías y las celebraciones que el griego regaló a los dioses eran pagos por anticipado de un posible castigo; tal vez, eran el castigo mismo. Camus anotó que los hombres fingen respetar la ley pero sólo se inclinan ante la fuerza. La aceptación sin matices de los que es promueve a quien condesciende a la fatalidad hacia un éxtasis no metafísico, es decir, sencillamente físico, es decir, un éxtasis sin epítetos. Así Baudelaire. El poeta embarrado de hollines industriales de una Paris que estalla, que se desborda de gentes, de galeras, de barricadas, una París que deviene ciudad y ciudad luminosa (por eso de los faroles a gas y los libros), una Paris tan horripilante que nadie puede dejar de enamorarse de ella. Baudelaire, el poeta que escribe con los ojos, porque, se sabe, no se necesita de la mediación del intelecto para escribir el más lúcido de los cantos. Baudelaire, el que sale a la calle, el que se sumerge en las aguas bulliciosas de la masa y pasea; es que en eso consiste la escritura de Baudelaire: en el paseo.

El poeta triste, arrumbado en el más oscuro de los rincones de su cuarto escribiendo una desesperanza o un extravío ha perdido el estatuto. Ése no es un poeta moderno; es sólo un imbécil moderno que ejerce el arte de la impostura poética, un snob que la juega de. Sólo la experiencia extática nos regala la magia poética moderna; sólo el paseo nos pone al ritmo de un tiempo que ha devenido rapidez. El poeta debe caminar a la par de los tiempos del Tiempo. Y agotar lo real en fracciones cronológicamente ínfimas, similares a la eternidad. Y durante el paseo, en donde se bebe el cosmos de un trago, ver con los oídos, con las manos y con la nariz para luego, sí, perder el tiempo escribiendo con los ojos en lugar de emborracharse en la tertulia, de besar impunemente a una muchacha o de meterse en el lugar más higiénico de la ciudad: el cabaret. Y recomenzar el periplo.

La lengua popular


Por Rodrigo Fresán* (*Publicado en Radar; 09/09/07)

Una de mis canciones favoritas de Andrés Calamaro (“Señal que te he perdido”) en uno de mis discos preferidos de Andrés Calamaro (Nadie sale vivo de aquí) comienza con versos donde la acción se convierte en definición: “Abro la puerta como un poeta fértil / Dándose a conocer”.

Tantos años y canciones y álbumes después, casi dos décadas, es ese mismo poeta fértil —curtido ahora como “poeta malhablado”— quien, “el día menos pensado”, vuelve a recibir el consuelo del retorno de las musas en una de mis canciones preferidas de Andrés Calamaro (“Carnaval de Brasil”) en uno de mis discos favoritos de Andrés Calamaro y que tal vez sea el mejor y más logrado de toda su carrera (La lengua popular).

Un sitio donde todos y cada uno de sus doce tracks funcionan como piezas de un puzzle armacabezas (la de Calamaro y las nuestras y el modo en que Calamaro le canta esas cosas con la suya luego de armarla desarmándonos) a la vez que se oyen como potentes hits en potencia. Doce momentos engañosamente pequeños y universalmente íntimos en los que un grande sin atenuantes hace sentir que está cantando exactamente lo que uno siente sin saber exactamente lo que uno está sintiendo. Supongo que de eso se trata el genio.

Producido y contenido con astuta y colaboradora sabiduría por Cachorro López, La lengua popular es, también, el sitio exacto y la parte de su cuerpo en la que Andrés Calamaro se reencuentra con el fino arte de componer y cantar canciones redondas. Canciones que pueden ser un gozoso y funeral cántico hooligan (“Los chicos”); una nota de agradecimiento y temor a aquello que inspira (la ya mencionada “Carnaval de Brasil”); una graciosa exploración del lado oscuro del músico en la carretera y de las limpias poluciones que acaso se piensan en una habitación de hotel (“5 minutos más [Minibar]”); amorosas exploraciones del lado luminoso del corazón (“Soy tuyo” y ese standart instantáneo que es el bolero-rumba-sinfónico “Cada una de tus cosas”); el pop de profundidad arrojándole deseos a los trenes que pasan (“Mi gin tonic”); el pop populista de alcurnia down-under (“La espuma de las orillas”); la postal turística que sólo puede ocurrírsele a un local (“Comedero piquetero”); la declaración de principios finales (“Sexy & Barrigón”, donde el rocker se describe, casi apocalíptico, con un “Soy una buena combinación / De Homero Simpson con rolling stone / Saco ventaja de la confusión / Ya sé soy sexy y barrigón”); los aires terrenos y muy dylan-mex (“De orgullo y de miedo”); el pacífico himno de batalla del redimido enamorado pero que no olvida la pesadilla sedienta y existencial antes del sueño realizado (“La mitad del amor”, donde se oye un gracioso “Voy a tomarme hasta el pelo / Mi pelo, por favor, con mucho hielo / Voy a tomarme hasta los trenes que no van a venir” para después ascender en un coro gritado que todos gritaremos con Calamaro dentro de poco en vivo y en directo: “Parte de mí no cambió y a la vez / Ya no soy el viejo Andrés que no dormía jamás / Qué subidón, que momento ideal / Encontré la mitad del amor”); y la coda findemundista (“Mi Cobain [Superjoint]”) donde se nos advierte, sin angustias pero sin anestesia, que “Nadie miraba pero se veía venir”.

Igual que se veía venir el retorno del poeta fértil.

Aquí está, ya llegó.

Contracorriente, como corresponde, El Salmón ha vuelto a casa. Pero —fértil y malhablado, con las palabras justas y sacando la lengua popular— no para descansar para siempre sino para seguir viviendo y haciéndonos vivir mejor que nunca.

Reabriendo la puerta y dándose a reconocer.

Señal que lo hemos encontrado.

Otra vez.

sábado, 8 de septiembre de 2007

(Bailando) sobre tumbas*


Por Nayla Sbarbati

Con voz rencorosa y violenta, con desesperación, e interés le comentó la mujer ante todo:

-Te he advertido que te traerá tristeza, únicamente en la soledad.

Hablaba de todos, hablaba en general con cierto alivio, de la comprensión total del alma humana, de un ser sangrientamente próximo a la muerte.

Con sus complicaciones y recovecos, comprendió que era la misma Cristina a quien se refería.

Cuando todavía estaba viva en su juventud, se dio cuenta de cuantos episodios tendría por delante sí su destino no seria el predestinado, el cual turbio la felicidad de aquella tarde muy igual a otras anteriores.

Aun involuntariamente sus ojos se habían cerrado y parecía adormecida, casi, pero al final no era eso precisamente.

-Que se muera sola como un perro- pensó, como quien vuelve a la dura realidad y empieza a rememorar.

Anduvo rondando la casa de Barracas y luego se detuvo nuevamente, eran pasos cautelosos y espaciados, ninguna otra cosa era posible hacer, en la situación que se encontraba su mente

Como pensativo, sus ojos lacrimosos esperaban ver a su mujer ya desaparecida, llevando la mano a la boca parecía despertarse del ensueño, sentía a la vez una fuerza cósmica de odio, y de indecible tristeza, que le impulsaba a realizar actos portentosos, pero se quedo paralizado, mirando con miedo y escuchando que alguien murmuraba que no debía hacerlos, trató de calmarse poco a poco, en vano, la furia crecía a cada instante que transcurría.

Los murmullos aceleraban y comenzaban a transformarse en gritos feroces de dolor, un dolor producido por la impotencia que aparecía al analizar su reacción frente a la asombrosa noticia de algunos minutos antes.

El tiempo había pasado, no encontraba nada en su vacío, como para revertir la situación, ninguna mísera palabra o solución, de la persona que había causado su estado actual y la única que yacía a su lado, tiesa, fría, con una mirada de resignación, que lo perdía y descontrolaba más aún si permitirle reflexionar su reciente decisión.

Su mente se cerró al igual que sus ojos, estrujó fuertemente sus manos con las de ella y le balbuceó algo al oído, sin dejar que nadie escuche no sabiendo por que razón, solo necesitaba hacerlo, luego su cuerpo se desvaneció golpeando ruidosamente el piso en cuanto el oxigeno llegó a su inocente corazón.

Unos segundos después, todavía consciente, quiso retractarse de su exagerada decisión sin éxito.

Antes de nacer abandono a sus pensamientos de una horrible historia que no nos a apasionado mas precisamente por aburrimiento de los espectadores.
Con la lentitud le era imposible precisar el alto de locura.

(*Recopilación -azarosa- de fragmentos de "Sobre héroes y tumbas"-1961-, de Ernesto Sabato).

viernes, 7 de septiembre de 2007

jueves, 6 de septiembre de 2007

Sólo Clapton


Por Gonzalo Méndez

Cuando uno escucha el segundo disco del Álbum Blanco, aquel que se gestó durante el viaje que Los Beatles realizaron a la India, se encuentra con un tema que inevitablemente nos toca y nos acaricia aquel lugar que nunca podremos describir, que sólo la música o los desamores pueden palpar, allí donde todo se siente con profundidad. Esta canción es “While My Guitar Gently Weeps”, conocida en castellano como “Guitarra Vas a Llorar”.

La tonalidad menor de esta composición de Harrison nos hace ingresar en una atmósfera plagada de emociones y sentimientos. Cuando permanecemos en ella sentimos que a cada lágrima que deviene y cae por el cuerpo de la Gibson Les Paul, le corresponderá otra que deberá recorrer inexorablemente nuestras mejillas. No es posible oír esta canción sin sentir que la melancolía se apodera de nosotros, dejándonos expuestos al más hermoso de los llantos: el de la música, el de la guitarra... el nuestro.

El solo en este tema es sencillamente magistral y nadie mejor para crearlo y luego ejecutarlo que Eric Clapton. Sólo él puede hacer que una simple escala pentatónica transporte directamente una daga de emociones desde las seis cuerdas hasta nuestro ser, daga que es necesaria para que nos reconozcamos nosotros mismos y, por lo tanto, los otros que nos rodean.

Cada vez que Clapton estira una nota se siente que el cuerpo vibra, el pecho estalla y el aire falta. Esa sensación fugaz y que quema, nos devuelve la vida a cada instante y nos sitúa en un mundo del cual somos parte. Ese mundo que tan familiar nos parece pero que tan ajeno y extraño se nos vuelve al mirarlo de cerca. Por eso es que necesitamos que la música, que Clapton, que la guitarra de Harrison, nos hagan menos dolorosa y angustiante la existencia. Así podemos, aunque sea por un instante, sujetarnos de la esperanza.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Spinetta, el hermeneuta


Por Facundo Carmona

Tal vez el mérito más grande de Luis Alberto Spinetta no resida sólo en la creación de acordes personalísimos, tal como dijo Fito Páez en una interesante nota publicada en la adnCultura del 25 de agosto pasado. Ni en el hecho de mantenerse vigente luego de casi 40 años de carrera. Sino que, más bien, se podría fijar su singular prestancia en su constante estado de búsqueda artística.

Es en ese plano donde se abre la posibilidad de aseverar la unicidad de LAS. Basta para esto observar como la utilización del lenguaje, enormemente cuidado, busca no gastar las palabras. Así como tampoco mutilar las notas y las armonías. Si no que, más bien, hay una apuesta insistente a indagar en nuevas relaciones armónicas entre verbo y música.

A su vez, su arte tiene la peculiaridad de traer al mundo aquello que antes no estaba, no desde el genio impoluto del creador, sino desde el mismísimo mundo. Un juego donde la interpretación del mismo es la gran protagonista. Sin olvidar nunca que, en cada exploración, él y el mundo cambian. Por eso su labor se convierte en incansable e inalcanzable. Pues no hay posibilidad de clausura a su trabajo, un áureo estadío donde cese su tarea de interprete. Consciente de que siempre hay un sustrato que le escapa, y atento a su subsiguiente llamado, prosigue la búsqueda con obstinación.

Tal como The Beatles, que han marcado el camino musical de los siguientes 30 años a su separación, pero que no han dejado la herencia de bandas beatles propiamente dichas. A no ser por los ignominiosos Monkees y los imitadores de poca monta que andan dando vueltas por el globo, tratando de saciar la sed de los memoriosos fanáticos. Spinetta ha generado un sonido propio, basado en la repetición de la diferencia, en una huida a la semejanza de sí mismo. El ejemplo contrario serían los Rolling Stones, que han terminado por ser una parodia bufonesca de sí mismos.

Por eso los emuladores del Spinetta han recorrido caminos tan inciertos: muchos terminaron sepultados bajo las ínfulas de hacer música progresiva del séptimo decenio del siglo XX en el XXI. Mientras que otros se han condenado a la poesía anacrónica, abyecta y petulante de aspirantes a Rimbaud. Sin embargo su influencia es más perceptible en aquellos músico que se mantienen en forma tratando de interactuar con la música y las palabras de manera móvil y tozuda. Sin depredar el lenguaje y la armonía. Tal es así que aquellos que más se han embebido de su arte, Páez y Cerati pueden ser dos ejemplos, pudieron generar carreras sólidas y personales. Sin sonar, salvo raras excepciones, a LAS.

Poder asomar la cabeza en la discografía de Luis Alberto Spinetta, variable como el paisaje marino, nos permite ver el valor radical de este músico, su vigorosa jugada política: haber comprendido el carácter infinito del arte de la interpretación.

martes, 4 de septiembre de 2007

...algunos peligros de Lost


Por Stephen King* (*Publicado en adnCultura; 11/08/07)

Ah, Lost. Nunca hubo nada parecido en TV. Nadie había captado así la imaginación del espectador desde Dimensión desconocida y Los expedientes secretos X. La trama es terriblemente simple -48 sobrevivientes a la caída de un avión atrapados en una isla tropical-, pero los estándares de producción son altísimos y los personajes atrapan. Lost proyecta una sensación genuina de pavor y misterio, lo que la hace inusual en un medio signado por el aburrimiento y lo predecible.

Tomemos por caso la segunda temporada, y no necesariamente en sus puntos suspensivos (si la gente que se fue en una balsa volverá a la isla, si Kate se acostará con Jack o si Charlie probará la heroína encontrada por Locke y Boone): lo que estaba en juego allí era nada menos que el alma de lo que podría llamar "la nueva TV".

La crítica más acabada de la "vieja TV" se puede rastrear en el film Cuenta conmigo , de Rob Reiner. Gordie Lachance pregunta a sus amigos si notaron alguna vez que la gente de Wagon Train (una vieja serie de los años 50) jamás parece llegar a ningún lado. "Simplemente siguen viajando en carreta", dice, claramente confundido. Y lo está. Gordie va a convertirse en escritor cuando sea grande e incluso a los 12 años sabe que las historias deben parecerse a la vida, y la vida tiene un comienzo, un desarrollo y un fin. Crecemos, cambiamos, tenemos éxito y fracasamos; eventualmente caemos muertos, pero lo que no hacemos es seguir viajando siempre en carreta.

Los programas de la nueva TV reconocen este hecho. Pero también enfrentan un inmenso problema, el conocido como la Primera-directiva-de-las-cadenas-de-TV: "No matarás a la vaca lechera".

Dicha directiva hizo ignominiosas las últimas temporadas de Los expedientes secretos X . No hubo cierre (a diferencia de El fugitivo , por ejemplo, en la que el doctor Richard Kimble finalmente encuentra al hombre manco en el extraordinario final); fuera de la presencia continuada de David Duchovny, los X-Files se desviaron a un pantano de petróleo negro y murieron allí. Podría haber ahorcado a los ejecutivos de Fox por hacer eso, y al creador de la serie, Chris Carter, por dejar que sucediera. Si J. J. Abrams y Damon Lindelof permiten que suceda algo similar con Lost , me voy a enojar aún más, porque este programa es mucho mejor. Nota a Abrams y su equipo de guionistas: su responsabilidad incluye saber en qué momento escribir la palabra "Fin".

La ambientación de Lost es exótica; estoy seguro de que casi todo el público ha tenido la idea de que le gustaría ser uno de esos náufragos. La fuente de personajes es abundante y todavía hay preguntas fascinantes (muchas) sin respuesta. Una serie de coincidencias, que son más parecidas a convergencias, me ha llevado a concordar con la solución popular que aparece en foros de Internet: yo también creo que los sobrevivientes están muertos, y que la isla es su purgatorio, un lugar donde pueden pagar deudas por omisión y comisión antes de continuar.

Los creadores mismos quizá no sepan por qué los números en el billete de lotería ganador de Hurley aparecen en el costado de la escotilla, o cuál es el significado del oso polar en la revista de historietas que Walt estaba leyendo antes de que Sawyer matara a uno real. Pero... ¿a quién le importa? Los principales atributos de los creadores son la fe y la arrogancia: la fe en que hay una solución y la arrogancia de creer que son las personas indicadas para encontrarla. Lo duro va a ser decirle a ABC que Lost va a concluir en determinado punto, y que no importa si el público sigue loco por el programa.

Decir que la serie es una vaca lechera es quedarse corto. Hablamos de millones y si el show dura lo suficiente, potencialmente de cientos de millones en DVD y otros productos. Nada de eso cambia los hechos básicos: cuando una comida está a punto, es hora de sacarla del horno. Cuando una historia está terminada, es hora de irse. No me importa si Jack, Kate y los otros se dan cuenta de que están muertos y descienden por la escotilla a un rayo blanco, brillante, de luz, o si van a la guerra en un estallido de salvajismo. Pueden descubrir que son parte de un experimento y Jack incluso puede despertar y descubrir que todo fue un sueño (¡espero que no!... me daría mucha bronca).

Pero por favor, muchachos, no maten a esta dulce vaca a palos, con años y años de relleno. Terminen el programa como quieran, pero cuando llegue el momento del cierre, cierren. No sigan viajando en carreta.

Traducción: Gabriel Zadunaisky

lunes, 3 de septiembre de 2007

Refutaciones escocesas


Por Ignacio Maciel

Deambulaba por la calles de Londres, a la espera, tal vez, de una revelación. Fatigó tabernas, ejecutó matemáticas (es decir, metafísicas) carambolas a tres bandas en las mejores y en las peores mesas de billar de la época, sólo tuvo noticias de las mujeres a través de su cuerpo. Cuentan los biógrafos que los pilares de su sistema fueron elucubrados en medio de la impudicia y la embriaguez, en los mejores burdeles de la isla. Locke le quedaba demasiado chico: era un rústico de buenas intenciones que servía de trampolín; pulió su sistema refutándolo. Sus ya famosos paseos de dandy le acercaron el rumor de que, como Heráclito, era un río, una fuga y que la res cogitans era una vana ilusión. Vituperó a Descartes en diversos idiomas y dialectos. "Ese ginebrino embustero", parece que gritó en plena calle cuando el sol caía. Convino consigo que sólo tenía instantes, imposibles de captar sino en las brumas del lenguaje, meros sonidos, fuerzas entre fuerzas. El "yo" era una adición imposible; simple conjetura a la que acudían los medrosos que no soportaban un devenir sin báculos, sin sostenes. "Mejor olvidar ese artificio", se dijo. El olvido es la verdadera potencia que nos proyecta.

David Hume, invicto entre los invictos, maestro y musa de Kant, apólogo del olvido.

domingo, 2 de septiembre de 2007

"Soy Tuyo"(*)


"Soy tuyo" es el cuarto tema de "La lengua popular" y una balada de ésas con las que Calamaro apunta al corazón. "Trata sobre el amor y el erotismo -dice Andrés-... Qué mala noticia si esas dos cosas no van juntas. La escribí el año pasado, en Rosario, casi toda la letra es un mail que le mandé a mi mujer, la Cardinali. Yo me quedaba componiendo en el hotel mientras los artistas filmaban (la película de Fito, "¿De quién es el portaligas?"). Una noche esperé a Julieta con "Soy tuyo". Llegó maquillada estilo años 80, con Leonora Balcarce (la tri protagonista). Se las mostré a cada una con auriculares. Se emocionaron bastante".

Se ve un Andrés desnudo...

Es una buena forma de verlo. Cualquier adolescente sufriendo de amor platónico o un veterano que busca el erotismo en otros cuerpos lo pueden entender. Sin embargo, el mejor amor es el no platónico y ojalá todos puedan cantar alguna vez y a los gritos "soy tuyo" ("con la mayor convicción", agrega la letra).

"Cachorro se decidió a acompañarme en el disco por esta canción -sigue-. Para él, eran ésta y once más. El me decía que la letra le parecía muy erótica, y a mí, muy romántica. Decidimos buscar ayuda en poetas amigos. Y Joaquín Sabina y Miguel Cantilo me mandaron dos letras completas y maravillosas. También les pedí a Marcelo Scornik y Javier Urrutía. Pero ya no quise cambiar toda la canción. Sí hay versos, intactos, de ellos dos en el tema.

(*) Ver nota completa en Clarín Espectáculos; 02/09/07.

sábado, 1 de septiembre de 2007

Ruidito


Por Nicolás Rombo

Museo de arte latinoamericano; museo nacional de bellas artes; museo de la ciudad... se escucha un ruidito. Festival de cine independiente (de quién); ciclo de cine polar francés; seminario sobre cine alemán; encuentro para discutir al cine de oriente... qué ruidito raro, de dónde vendrá. Centros culturales abiertos para todos (pocos) durante el fin de semana. Muestras de esculturas, muestras de fotografías, muestras de pinturas... ¡Qué carajo es ese ruido! Corredores arquitectónicos ingleses, corredores arquitectónicos españoles. Bach, Schuman, Chopin en la calle libertad (desde cuándo)... ¡Ese ruidito comienza a romper las pelotas! La Manifestación de Berni, La Mujer Llorando de Portinari; La Fiesta Popular Bajo un Puente de Goya; La Mujer Acostada de Picasso; Sin Aliento de Godart; el expresionismo del Dr. Caligari... ¡¡¡Por favor qué es ese ruido!!! El beso de Rodin; la sensualidad mexicana de Bresson; El Molino de la Galette de Van Gogh. Estilos renacentistas, tonalidad parisina, construcciones borbónicas. Las Variaciones de Bach, El Carnaval de Schumann, las dulces melodías de Chopin. Ese ruidito, la puta madre que no para. Ruido de solemnidad. Ruido de miedo a transgredir los mandamientos miserables de una alta cultura que, por el afán libertario del arte, es necesario cuestionar.