domingo, 16 de septiembre de 2007

Rincones


Sin lugar a dudas, los verdaderos pecados capitales están en el interior. Evita la avaricia, la pereza, la envidia y la soberbia, sin embargo no dudes en comer, enojarte y coger sin culpa.

viernes, 14 de septiembre de 2007

El Indio desde el baño


Como muchos de Uds. sabrán, el Indio Solari edita nuevo disco: "Porco Rex". Pese a no ser fanático de Los Redondos (cosa que no le va a cambiar la vida a ninguno), me pareció que una letra de su trabajo, siempre es bienvenida para los que disfrutamos de la buena poesía.

Te estás quedando sin balas de plata...*

Es encantador...
Tan encantador!
Jurás que te criaste en un balde de gusanos
tonteras de ayer que no te dejan ser feliz
No te están quedando más de tus balas de plata
(no debí decirlo, tu esclavo ahora soy…)
Es encantador… Tan encantador!
Debo confesarte que algo me he guardado
me dejé ganar y me puse encantador
A mi alrededor todos piensan que bromeo
y es encantador que pueda sentirme así.
Es encantador…
Hay en tu voz un dolor ligero
encantador, con color de pillo
Es encantador…muy encantador
Sos titán del sexo, persuasivo y goloso
tu tipa no ve que es una cerda igual que vos
(te manda mensajes de estrellita caliente)
Traga y hace muecas, implora y pide más.
Sos encantador…muy encantador
Lengua rosada y de terciopelo
Café del Mar y baladas tontas
Es encantador…Tan encantador!
Seco, congelado, tonto y afortunado
Macho tupperwear, confortable (tudo Ben)
Cargás con la madre de todas las resacas
Cara de tapir, de gordito bon-o-bon
Sos encantador!
Muy en cantador! Tan encantador!

(*publicado en cualeselprograma.blogspot.com)

jueves, 13 de septiembre de 2007

El espectáculo invertido


Por Alejandro Romero

Un espectáculo, en si, necesariamente, debe contar con la presencia de cuatro actores; un escenario, la puesta en escena (pelea, disputa, presentación, representación, discurso, etc.) actores que interpreten lo anteriormente mencionado y, por último, aunque esencial a sus fines, el espectador. Este oficia de receptor-partenaire en todo esquema representativo que lo incluya, y ha ocupado un rol muy preciso en este circuito. Pero el otrora límite invisible en la relación entre espectáculo y espectador que funcionó aceptablemente (siempre con algunas excepciones) durante los últimos siglos, parece jaqueado por la irrupción de un nuevo arquetipo de espectáculo.

El fútbol contemporáneo admite una nueva tipología de espectador que ya no se conforma con satisfacer sólo su pulsión escópica, sino que también utiliza el cuerpo para protagonizar y luego para disputarse el poder con el propio concepto de espectáculo. Sigue conviviendo el deseo proverbial de observar-mirar y ser visto, de ser en a partir de la mirada de un otro, pero se refuerza con la idea de un cuerpo no ya neutral o quieto, sino en constante movimiento, un cuerpo in actio.

El resultado de esto parece ser el siguiente; que sean los actores de este gran teatro los que observen, brazos en jarra, a las escandalizadas tribunas, a los spectator reunirse para injuriar no ya ad hominen sino ad personam, no ya al contrincante de grito tribunero desenfrenado, sino a los propios protagonistas, jueces o futbolistas ellos, que dirimen en la arena sin entender, a la espera de una resolución, de un fin de acto, de un telón que cae tieso a sus pies. Es el espectáculo el que observa y centra su atención en el público, esperando también una resolución y una conclusión; un climax y un final, como en todo espectáculo.

No debe resultar ajeno que se alimente este fenómeno argumentativo por algunos profetas del deseo, fecha a fecha, en cada una de las categorías profesionales o amateurs, por cada una de las tribunas donde se dispute, más no sea, un pequeño espacio de poder, aquí o allá. Y que sus profecías de disturbios y desmanes, de “escenas de violencia” en tal o cual partido, alentadas con tanta rabia y énfasis, provoquen que un botellazo en la cabeza del lineman sea celebrado por aquellos como un acierto en la quiniela matutina.

Pero creamos en la gesta de una novedosa ratio del espectáculo futbolístico, mucho más participativo y generoso en su conjunto, donde las miradas se centran no ya en un solo centro físico de atención; esta lógica hace que sean múltiples las perspectivas, las zonas áuricas de tensión. ¿Aquellas lejanas gratas jornadas de júbilo colectivo que describían los viejos cronistas deportivos se presentan, hoy, como irrevocablemente anacrónicas? Por lo menos los trajes y los sombreros lo son.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Lynch, la insurrección onírica


Por Mariana Zalazar

Una calle desierta. La puerta de un club nocturno. Dentro, La llorona de Los Angeles arrastra su cuerpo lúgubremente por el escenario, acercándose con lentitud inquietante al micrófono que la espera en los últimos resquicios del escenario. Allí (donde la insípida realidad inicia su derrota frente a la ficción) su voz surge de entre los pliegues de la niebla que la rodea. El escueto público enmudece. El sonido y el silencio parecían no ser capaces de soportar tanta nostalgia y dolor, hasta ese preciso instante. La desgarradora historia de un amor fallido o seguramente mucho más que eso. Súbitamente, y sin aviso previo, el cuerpo de la cantante cae por tierra. El fatídico movimiento no parece superar en trascendencia al tormentoso show que continúa desarrollándose en aquel sitio: la voz de la mujer aún se oye tan profunda y herida como desde el principio, como si ella estuviera aún de pie, como si ella aún estuviera.

Bienvenidos a "Mulholland Drive" (2001); un fruto más de la imaginación del siempre “extra-ordinario” David Lynch. Aquí la incertidumbre, más eficaz que cualquier narcótico, invade las pupilas enceguecidas de aquellos poco acostumbrados a su estilo; y deleita con una sobredosis de éxtasis a aquellos que ya han caído hace tiempo en su telaraña de ensueños y pesadillas.

La historia comienza, o mejor dicho, el film comienza en el sitio que le da título a la película. Un camino en la cima de las montañas, desde donde es posible contemplar los distintos rostros de un Los Angeles hollywoodense. El empalagoso mundo de astros condenados al éxito; la ansiosa búsqueda por ingerir un minúsculo pedazo de fama que provea el olvido de un destino imperturbablemente obvio; el sangriento desencanto de las identidades destinadas a perderse dentro de las apariencias que tan cuidadosamente supieron entretejer.

Allí, en ese sendero de curvas pronunciadas, el tiempo es un ente que vaga perdido en el limbo. Nada comienza ni termina, simplemente se funde en una eternidad de sucesos organizados de modo tan perfecto, que el más distraído de los espectadores puede confundir con puro desvarío inconcluso. Allí, la conciencia, el subconsciente y el inconsciente se escapan de las teorías psicológicas para hacerse carne en las experiencias humanas. El imperio onírico reclama a punta de pistola un trato más democrático en relación con la realidad, aquella alegoría andante que ha ganado una desmerecida popularidad con el correr de las centurias. Y ninguno como Lynch para hacer justicia.

Naomi Watts y Laura Elena Harring interpretan a dos mujeres -o tal vez cuatro, incluso seis- aprisionadas en una relación que se tambalea peligrosamente por la delgada línea que separa al odio del amor. La viva intensidad con que encienden las pasiones, tanto en la cama como fuera de ella, sólo puede compararse con la crudeza que mueve sus instintos más bajos, más asesinos, más autodestructivos. Los antagonismos se presentan sumergidos en una densa humareda que opaca las imágenes, un recurso/fetiche que ha acompañado al director a lo largo de toda su filmografía (basta sólo recordar la impresionante escena del incendio retrotraído de la cabaña de Carretera Perdida).

Muchos podrían concluir –y lo hacen- que Lynch sólo pretende encerrarnos en un circo maquiavélico donde el fin único es la confusión y el desaliento. Sólo puedo coincidir en una cosa: la necesidad de la confusión, de la intriga, la inquietud de lo desconocido. Pero ese desconcierto es sólo un medio – un exquisito medio- para un fin mayor: la revolución de las cosmovisiones, nuevas formas de ver el mundo, un camino hacia la posibilidad de ser libres, de despojarnos de nosotros mismos, de observarnos desde afuera; una posibilidad que sólo el verdadero cine puede brindar.

Si hay algo que no podemos negar de "Mulholland Drive" (espléndido despliegue de todo el universo lynchiano) es su compromiso con la manipulación de los planos, la música –mención de honor a Angelo Badalamenti, quien ha compuesto la música en varios proyectos del cineasta-, los colores, las representaciones de la vida misma hasta más allá de los límites de la razón. Si hay algo que podemos agradecerle es habernos reconocido capaces de disfrutar la verdadera experiencia cinematográfica que recién comienza cuando el film termina. Porque en esta película nada puede darse por sentado y el disfrute que proporciona lo proyectado en la pantalla se multiplica una vez encendidas las luces; una vez que tenemos la posibilidad de salir del hipnotismo y darnos cuenta que nos han extendido una invitación para construir nuevas dimensiones que exceden la triada física a la cual estamos sujetos día a día.

Circulamos por laberintos de humo. La propuesta de un mundo asimétrico en relación con aquel que los mortales nos hemos acostumbrado a mirar; un mundo desconocido, al cual entramos temerosos, pero del cual no queremos salir más, a pesar del estremecimiento.

Una calle desierta. La puerta de un club nocturno. Dentro, un maestro de ceremonias advierte al público: “No hay banda, no hay orquesta...pero sin embargo oímos una orquesta... todo es una ilusión”.

martes, 11 de septiembre de 2007

Dos parpadeos


Por L.A.

The end. La función ha terminado, las luces de la sala se encienden y dan lugar al lento peregrinar de los espectadores hacia la salida del cine. Permanezco sentada con la mirada fija en el agujero negro de la pantalla. La impresión que las imágenes me han dejado se confunde con los recuerdos personales sobre la muerte, la religión y las preocupaciones existenciales que fortalecen y debilitan al ser humano. Ver una película de Ingmar Bergman es perecer ante una verdad incómoda, es volverse metafísicamente más auténtico.

“¡Cómo poder describir un espectáculo tan bello!” piensa el viejo director de orquesta, un personaje de "Hacia la Felicidad" (1950). Primeros planos de rostros desnudos (¡sublimes primeros planos!), el contraste de las imágenes en blanco y negro (custodiado cuidadosamente por Sven Nykvist, el iluminador que lo acompañó en la mayoría de sus films), la música clásica que acentúa la sinfonía dramática del relato, la psicología de sus personajes expuesta en elegantes planos largos y el retorno al pasado mediante innumerables flashbacks conceden a las características del cine realizado por el director sueco la pureza del arte.

La fusión entre el sueño eterno y la realidad mundana, se percibe como sustancia onírica al comienzo de "El séptimo sello" (1956): una playa desierta, el crispar de las olas sobre la superficie del mar, un caballero y su escudero que regresan de las Cruzadas, las piezas de un juego de ajedrez dispuestas a que comience la partida, el relinchar de un caballo negro a lo lejos, la peste asolando a la población y, entre la niebla matutina, el acercamiento “físico” de la muerte. La secuencia sume al espectador en un viaje aterrador, el cuerpo se estremece y emanan preguntas: ¿qué dejamos cuando morimos? ¿quienes fuimos? ¿cuál es la razón de la existencia humana?

Conocido por las temáticas austeras de sus películas, interesado en la búsqueda de la opaca verdad de la existencia, Bergman ha ahondado en el alma humana. El corazón del cine (los espectadores) ha respondido a su arte con una participación asombrosa y reflexiva, perdida y tediosa algunas veces, otras veces interesada y gratificante.

Sus innumerables trabajos meritorios han sumado en "Persona" (1966) el experimentalismo de las vanguardias estéticas de los años treinta y la interpretación de Liv Ullmann y Bibi Andersson, que resumen en sus miradas el caos de las angustias femeninas; las preguntas al amor y a las relaciones de pareja encuentran en "Secretos de un matrimonio" (1973) y "Saraband" (2003) su expresión más sincera; la ausencia de Dios y su terrible visibilidad encuentra una confirmación paradojal en "El Silencio" (1963); los misteriosos sucesos de "El huevo de la serpiente" (1977) develan la paranoia, la miseria humana y el terror en la historia de un pueblo; y, en ninguno se ausenta su devastadora soledad.

Ingmar Bergman nos ha ofrecido un cercano mundo de imágenes, englobadas en una vasta filmografía. El ojo de cerradura ha convertido su mágico legado en una perdurable existencia.

lunes, 10 de septiembre de 2007

Baudelaire y el cabaret


Por Ignacio Maciel

En el principio de la fascinación está el espanto. Las odas, las elegías y las celebraciones que el griego regaló a los dioses eran pagos por anticipado de un posible castigo; tal vez, eran el castigo mismo. Camus anotó que los hombres fingen respetar la ley pero sólo se inclinan ante la fuerza. La aceptación sin matices de los que es promueve a quien condesciende a la fatalidad hacia un éxtasis no metafísico, es decir, sencillamente físico, es decir, un éxtasis sin epítetos. Así Baudelaire. El poeta embarrado de hollines industriales de una Paris que estalla, que se desborda de gentes, de galeras, de barricadas, una París que deviene ciudad y ciudad luminosa (por eso de los faroles a gas y los libros), una Paris tan horripilante que nadie puede dejar de enamorarse de ella. Baudelaire, el poeta que escribe con los ojos, porque, se sabe, no se necesita de la mediación del intelecto para escribir el más lúcido de los cantos. Baudelaire, el que sale a la calle, el que se sumerge en las aguas bulliciosas de la masa y pasea; es que en eso consiste la escritura de Baudelaire: en el paseo.

El poeta triste, arrumbado en el más oscuro de los rincones de su cuarto escribiendo una desesperanza o un extravío ha perdido el estatuto. Ése no es un poeta moderno; es sólo un imbécil moderno que ejerce el arte de la impostura poética, un snob que la juega de. Sólo la experiencia extática nos regala la magia poética moderna; sólo el paseo nos pone al ritmo de un tiempo que ha devenido rapidez. El poeta debe caminar a la par de los tiempos del Tiempo. Y agotar lo real en fracciones cronológicamente ínfimas, similares a la eternidad. Y durante el paseo, en donde se bebe el cosmos de un trago, ver con los oídos, con las manos y con la nariz para luego, sí, perder el tiempo escribiendo con los ojos en lugar de emborracharse en la tertulia, de besar impunemente a una muchacha o de meterse en el lugar más higiénico de la ciudad: el cabaret. Y recomenzar el periplo.

La lengua popular


Por Rodrigo Fresán* (*Publicado en Radar; 09/09/07)

Una de mis canciones favoritas de Andrés Calamaro (“Señal que te he perdido”) en uno de mis discos preferidos de Andrés Calamaro (Nadie sale vivo de aquí) comienza con versos donde la acción se convierte en definición: “Abro la puerta como un poeta fértil / Dándose a conocer”.

Tantos años y canciones y álbumes después, casi dos décadas, es ese mismo poeta fértil —curtido ahora como “poeta malhablado”— quien, “el día menos pensado”, vuelve a recibir el consuelo del retorno de las musas en una de mis canciones preferidas de Andrés Calamaro (“Carnaval de Brasil”) en uno de mis discos favoritos de Andrés Calamaro y que tal vez sea el mejor y más logrado de toda su carrera (La lengua popular).

Un sitio donde todos y cada uno de sus doce tracks funcionan como piezas de un puzzle armacabezas (la de Calamaro y las nuestras y el modo en que Calamaro le canta esas cosas con la suya luego de armarla desarmándonos) a la vez que se oyen como potentes hits en potencia. Doce momentos engañosamente pequeños y universalmente íntimos en los que un grande sin atenuantes hace sentir que está cantando exactamente lo que uno siente sin saber exactamente lo que uno está sintiendo. Supongo que de eso se trata el genio.

Producido y contenido con astuta y colaboradora sabiduría por Cachorro López, La lengua popular es, también, el sitio exacto y la parte de su cuerpo en la que Andrés Calamaro se reencuentra con el fino arte de componer y cantar canciones redondas. Canciones que pueden ser un gozoso y funeral cántico hooligan (“Los chicos”); una nota de agradecimiento y temor a aquello que inspira (la ya mencionada “Carnaval de Brasil”); una graciosa exploración del lado oscuro del músico en la carretera y de las limpias poluciones que acaso se piensan en una habitación de hotel (“5 minutos más [Minibar]”); amorosas exploraciones del lado luminoso del corazón (“Soy tuyo” y ese standart instantáneo que es el bolero-rumba-sinfónico “Cada una de tus cosas”); el pop de profundidad arrojándole deseos a los trenes que pasan (“Mi gin tonic”); el pop populista de alcurnia down-under (“La espuma de las orillas”); la postal turística que sólo puede ocurrírsele a un local (“Comedero piquetero”); la declaración de principios finales (“Sexy & Barrigón”, donde el rocker se describe, casi apocalíptico, con un “Soy una buena combinación / De Homero Simpson con rolling stone / Saco ventaja de la confusión / Ya sé soy sexy y barrigón”); los aires terrenos y muy dylan-mex (“De orgullo y de miedo”); el pacífico himno de batalla del redimido enamorado pero que no olvida la pesadilla sedienta y existencial antes del sueño realizado (“La mitad del amor”, donde se oye un gracioso “Voy a tomarme hasta el pelo / Mi pelo, por favor, con mucho hielo / Voy a tomarme hasta los trenes que no van a venir” para después ascender en un coro gritado que todos gritaremos con Calamaro dentro de poco en vivo y en directo: “Parte de mí no cambió y a la vez / Ya no soy el viejo Andrés que no dormía jamás / Qué subidón, que momento ideal / Encontré la mitad del amor”); y la coda findemundista (“Mi Cobain [Superjoint]”) donde se nos advierte, sin angustias pero sin anestesia, que “Nadie miraba pero se veía venir”.

Igual que se veía venir el retorno del poeta fértil.

Aquí está, ya llegó.

Contracorriente, como corresponde, El Salmón ha vuelto a casa. Pero —fértil y malhablado, con las palabras justas y sacando la lengua popular— no para descansar para siempre sino para seguir viviendo y haciéndonos vivir mejor que nunca.

Reabriendo la puerta y dándose a reconocer.

Señal que lo hemos encontrado.

Otra vez.

sábado, 8 de septiembre de 2007

(Bailando) sobre tumbas*


Por Nayla Sbarbati

Con voz rencorosa y violenta, con desesperación, e interés le comentó la mujer ante todo:

-Te he advertido que te traerá tristeza, únicamente en la soledad.

Hablaba de todos, hablaba en general con cierto alivio, de la comprensión total del alma humana, de un ser sangrientamente próximo a la muerte.

Con sus complicaciones y recovecos, comprendió que era la misma Cristina a quien se refería.

Cuando todavía estaba viva en su juventud, se dio cuenta de cuantos episodios tendría por delante sí su destino no seria el predestinado, el cual turbio la felicidad de aquella tarde muy igual a otras anteriores.

Aun involuntariamente sus ojos se habían cerrado y parecía adormecida, casi, pero al final no era eso precisamente.

-Que se muera sola como un perro- pensó, como quien vuelve a la dura realidad y empieza a rememorar.

Anduvo rondando la casa de Barracas y luego se detuvo nuevamente, eran pasos cautelosos y espaciados, ninguna otra cosa era posible hacer, en la situación que se encontraba su mente

Como pensativo, sus ojos lacrimosos esperaban ver a su mujer ya desaparecida, llevando la mano a la boca parecía despertarse del ensueño, sentía a la vez una fuerza cósmica de odio, y de indecible tristeza, que le impulsaba a realizar actos portentosos, pero se quedo paralizado, mirando con miedo y escuchando que alguien murmuraba que no debía hacerlos, trató de calmarse poco a poco, en vano, la furia crecía a cada instante que transcurría.

Los murmullos aceleraban y comenzaban a transformarse en gritos feroces de dolor, un dolor producido por la impotencia que aparecía al analizar su reacción frente a la asombrosa noticia de algunos minutos antes.

El tiempo había pasado, no encontraba nada en su vacío, como para revertir la situación, ninguna mísera palabra o solución, de la persona que había causado su estado actual y la única que yacía a su lado, tiesa, fría, con una mirada de resignación, que lo perdía y descontrolaba más aún si permitirle reflexionar su reciente decisión.

Su mente se cerró al igual que sus ojos, estrujó fuertemente sus manos con las de ella y le balbuceó algo al oído, sin dejar que nadie escuche no sabiendo por que razón, solo necesitaba hacerlo, luego su cuerpo se desvaneció golpeando ruidosamente el piso en cuanto el oxigeno llegó a su inocente corazón.

Unos segundos después, todavía consciente, quiso retractarse de su exagerada decisión sin éxito.

Antes de nacer abandono a sus pensamientos de una horrible historia que no nos a apasionado mas precisamente por aburrimiento de los espectadores.
Con la lentitud le era imposible precisar el alto de locura.

(*Recopilación -azarosa- de fragmentos de "Sobre héroes y tumbas"-1961-, de Ernesto Sabato).

viernes, 7 de septiembre de 2007

Casual friday


jueves, 6 de septiembre de 2007

Sólo Clapton


Por Gonzalo Méndez

Cuando uno escucha el segundo disco del Álbum Blanco, aquel que se gestó durante el viaje que Los Beatles realizaron a la India, se encuentra con un tema que inevitablemente nos toca y nos acaricia aquel lugar que nunca podremos describir, que sólo la música o los desamores pueden palpar, allí donde todo se siente con profundidad. Esta canción es “While My Guitar Gently Weeps”, conocida en castellano como “Guitarra Vas a Llorar”.

La tonalidad menor de esta composición de Harrison nos hace ingresar en una atmósfera plagada de emociones y sentimientos. Cuando permanecemos en ella sentimos que a cada lágrima que deviene y cae por el cuerpo de la Gibson Les Paul, le corresponderá otra que deberá recorrer inexorablemente nuestras mejillas. No es posible oír esta canción sin sentir que la melancolía se apodera de nosotros, dejándonos expuestos al más hermoso de los llantos: el de la música, el de la guitarra... el nuestro.

El solo en este tema es sencillamente magistral y nadie mejor para crearlo y luego ejecutarlo que Eric Clapton. Sólo él puede hacer que una simple escala pentatónica transporte directamente una daga de emociones desde las seis cuerdas hasta nuestro ser, daga que es necesaria para que nos reconozcamos nosotros mismos y, por lo tanto, los otros que nos rodean.

Cada vez que Clapton estira una nota se siente que el cuerpo vibra, el pecho estalla y el aire falta. Esa sensación fugaz y que quema, nos devuelve la vida a cada instante y nos sitúa en un mundo del cual somos parte. Ese mundo que tan familiar nos parece pero que tan ajeno y extraño se nos vuelve al mirarlo de cerca. Por eso es que necesitamos que la música, que Clapton, que la guitarra de Harrison, nos hagan menos dolorosa y angustiante la existencia. Así podemos, aunque sea por un instante, sujetarnos de la esperanza.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Spinetta, el hermeneuta


Por Facundo Carmona

Tal vez el mérito más grande de Luis Alberto Spinetta no resida sólo en la creación de acordes personalísimos, tal como dijo Fito Páez en una interesante nota publicada en la adnCultura del 25 de agosto pasado. Ni en el hecho de mantenerse vigente luego de casi 40 años de carrera. Sino que, más bien, se podría fijar su singular prestancia en su constante estado de búsqueda artística.

Es en ese plano donde se abre la posibilidad de aseverar la unicidad de LAS. Basta para esto observar como la utilización del lenguaje, enormemente cuidado, busca no gastar las palabras. Así como tampoco mutilar las notas y las armonías. Si no que, más bien, hay una apuesta insistente a indagar en nuevas relaciones armónicas entre verbo y música.

A su vez, su arte tiene la peculiaridad de traer al mundo aquello que antes no estaba, no desde el genio impoluto del creador, sino desde el mismísimo mundo. Un juego donde la interpretación del mismo es la gran protagonista. Sin olvidar nunca que, en cada exploración, él y el mundo cambian. Por eso su labor se convierte en incansable e inalcanzable. Pues no hay posibilidad de clausura a su trabajo, un áureo estadío donde cese su tarea de interprete. Consciente de que siempre hay un sustrato que le escapa, y atento a su subsiguiente llamado, prosigue la búsqueda con obstinación.

Tal como The Beatles, que han marcado el camino musical de los siguientes 30 años a su separación, pero que no han dejado la herencia de bandas beatles propiamente dichas. A no ser por los ignominiosos Monkees y los imitadores de poca monta que andan dando vueltas por el globo, tratando de saciar la sed de los memoriosos fanáticos. Spinetta ha generado un sonido propio, basado en la repetición de la diferencia, en una huida a la semejanza de sí mismo. El ejemplo contrario serían los Rolling Stones, que han terminado por ser una parodia bufonesca de sí mismos.

Por eso los emuladores del Spinetta han recorrido caminos tan inciertos: muchos terminaron sepultados bajo las ínfulas de hacer música progresiva del séptimo decenio del siglo XX en el XXI. Mientras que otros se han condenado a la poesía anacrónica, abyecta y petulante de aspirantes a Rimbaud. Sin embargo su influencia es más perceptible en aquellos músico que se mantienen en forma tratando de interactuar con la música y las palabras de manera móvil y tozuda. Sin depredar el lenguaje y la armonía. Tal es así que aquellos que más se han embebido de su arte, Páez y Cerati pueden ser dos ejemplos, pudieron generar carreras sólidas y personales. Sin sonar, salvo raras excepciones, a LAS.

Poder asomar la cabeza en la discografía de Luis Alberto Spinetta, variable como el paisaje marino, nos permite ver el valor radical de este músico, su vigorosa jugada política: haber comprendido el carácter infinito del arte de la interpretación.

martes, 4 de septiembre de 2007

...algunos peligros de Lost


Por Stephen King* (*Publicado en adnCultura; 11/08/07)

Ah, Lost. Nunca hubo nada parecido en TV. Nadie había captado así la imaginación del espectador desde Dimensión desconocida y Los expedientes secretos X. La trama es terriblemente simple -48 sobrevivientes a la caída de un avión atrapados en una isla tropical-, pero los estándares de producción son altísimos y los personajes atrapan. Lost proyecta una sensación genuina de pavor y misterio, lo que la hace inusual en un medio signado por el aburrimiento y lo predecible.

Tomemos por caso la segunda temporada, y no necesariamente en sus puntos suspensivos (si la gente que se fue en una balsa volverá a la isla, si Kate se acostará con Jack o si Charlie probará la heroína encontrada por Locke y Boone): lo que estaba en juego allí era nada menos que el alma de lo que podría llamar "la nueva TV".

La crítica más acabada de la "vieja TV" se puede rastrear en el film Cuenta conmigo , de Rob Reiner. Gordie Lachance pregunta a sus amigos si notaron alguna vez que la gente de Wagon Train (una vieja serie de los años 50) jamás parece llegar a ningún lado. "Simplemente siguen viajando en carreta", dice, claramente confundido. Y lo está. Gordie va a convertirse en escritor cuando sea grande e incluso a los 12 años sabe que las historias deben parecerse a la vida, y la vida tiene un comienzo, un desarrollo y un fin. Crecemos, cambiamos, tenemos éxito y fracasamos; eventualmente caemos muertos, pero lo que no hacemos es seguir viajando siempre en carreta.

Los programas de la nueva TV reconocen este hecho. Pero también enfrentan un inmenso problema, el conocido como la Primera-directiva-de-las-cadenas-de-TV: "No matarás a la vaca lechera".

Dicha directiva hizo ignominiosas las últimas temporadas de Los expedientes secretos X . No hubo cierre (a diferencia de El fugitivo , por ejemplo, en la que el doctor Richard Kimble finalmente encuentra al hombre manco en el extraordinario final); fuera de la presencia continuada de David Duchovny, los X-Files se desviaron a un pantano de petróleo negro y murieron allí. Podría haber ahorcado a los ejecutivos de Fox por hacer eso, y al creador de la serie, Chris Carter, por dejar que sucediera. Si J. J. Abrams y Damon Lindelof permiten que suceda algo similar con Lost , me voy a enojar aún más, porque este programa es mucho mejor. Nota a Abrams y su equipo de guionistas: su responsabilidad incluye saber en qué momento escribir la palabra "Fin".

La ambientación de Lost es exótica; estoy seguro de que casi todo el público ha tenido la idea de que le gustaría ser uno de esos náufragos. La fuente de personajes es abundante y todavía hay preguntas fascinantes (muchas) sin respuesta. Una serie de coincidencias, que son más parecidas a convergencias, me ha llevado a concordar con la solución popular que aparece en foros de Internet: yo también creo que los sobrevivientes están muertos, y que la isla es su purgatorio, un lugar donde pueden pagar deudas por omisión y comisión antes de continuar.

Los creadores mismos quizá no sepan por qué los números en el billete de lotería ganador de Hurley aparecen en el costado de la escotilla, o cuál es el significado del oso polar en la revista de historietas que Walt estaba leyendo antes de que Sawyer matara a uno real. Pero... ¿a quién le importa? Los principales atributos de los creadores son la fe y la arrogancia: la fe en que hay una solución y la arrogancia de creer que son las personas indicadas para encontrarla. Lo duro va a ser decirle a ABC que Lost va a concluir en determinado punto, y que no importa si el público sigue loco por el programa.

Decir que la serie es una vaca lechera es quedarse corto. Hablamos de millones y si el show dura lo suficiente, potencialmente de cientos de millones en DVD y otros productos. Nada de eso cambia los hechos básicos: cuando una comida está a punto, es hora de sacarla del horno. Cuando una historia está terminada, es hora de irse. No me importa si Jack, Kate y los otros se dan cuenta de que están muertos y descienden por la escotilla a un rayo blanco, brillante, de luz, o si van a la guerra en un estallido de salvajismo. Pueden descubrir que son parte de un experimento y Jack incluso puede despertar y descubrir que todo fue un sueño (¡espero que no!... me daría mucha bronca).

Pero por favor, muchachos, no maten a esta dulce vaca a palos, con años y años de relleno. Terminen el programa como quieran, pero cuando llegue el momento del cierre, cierren. No sigan viajando en carreta.

Traducción: Gabriel Zadunaisky

lunes, 3 de septiembre de 2007

Refutaciones escocesas


Por Ignacio Maciel

Deambulaba por la calles de Londres, a la espera, tal vez, de una revelación. Fatigó tabernas, ejecutó matemáticas (es decir, metafísicas) carambolas a tres bandas en las mejores y en las peores mesas de billar de la época, sólo tuvo noticias de las mujeres a través de su cuerpo. Cuentan los biógrafos que los pilares de su sistema fueron elucubrados en medio de la impudicia y la embriaguez, en los mejores burdeles de la isla. Locke le quedaba demasiado chico: era un rústico de buenas intenciones que servía de trampolín; pulió su sistema refutándolo. Sus ya famosos paseos de dandy le acercaron el rumor de que, como Heráclito, era un río, una fuga y que la res cogitans era una vana ilusión. Vituperó a Descartes en diversos idiomas y dialectos. "Ese ginebrino embustero", parece que gritó en plena calle cuando el sol caía. Convino consigo que sólo tenía instantes, imposibles de captar sino en las brumas del lenguaje, meros sonidos, fuerzas entre fuerzas. El "yo" era una adición imposible; simple conjetura a la que acudían los medrosos que no soportaban un devenir sin báculos, sin sostenes. "Mejor olvidar ese artificio", se dijo. El olvido es la verdadera potencia que nos proyecta.

David Hume, invicto entre los invictos, maestro y musa de Kant, apólogo del olvido.

domingo, 2 de septiembre de 2007

"Soy Tuyo"(*)


"Soy tuyo" es el cuarto tema de "La lengua popular" y una balada de ésas con las que Calamaro apunta al corazón. "Trata sobre el amor y el erotismo -dice Andrés-... Qué mala noticia si esas dos cosas no van juntas. La escribí el año pasado, en Rosario, casi toda la letra es un mail que le mandé a mi mujer, la Cardinali. Yo me quedaba componiendo en el hotel mientras los artistas filmaban (la película de Fito, "¿De quién es el portaligas?"). Una noche esperé a Julieta con "Soy tuyo". Llegó maquillada estilo años 80, con Leonora Balcarce (la tri protagonista). Se las mostré a cada una con auriculares. Se emocionaron bastante".

Se ve un Andrés desnudo...

Es una buena forma de verlo. Cualquier adolescente sufriendo de amor platónico o un veterano que busca el erotismo en otros cuerpos lo pueden entender. Sin embargo, el mejor amor es el no platónico y ojalá todos puedan cantar alguna vez y a los gritos "soy tuyo" ("con la mayor convicción", agrega la letra).

"Cachorro se decidió a acompañarme en el disco por esta canción -sigue-. Para él, eran ésta y once más. El me decía que la letra le parecía muy erótica, y a mí, muy romántica. Decidimos buscar ayuda en poetas amigos. Y Joaquín Sabina y Miguel Cantilo me mandaron dos letras completas y maravillosas. También les pedí a Marcelo Scornik y Javier Urrutía. Pero ya no quise cambiar toda la canción. Sí hay versos, intactos, de ellos dos en el tema.

(*) Ver nota completa en Clarín Espectáculos; 02/09/07.

sábado, 1 de septiembre de 2007

Ruidito


Por Nicolás Rombo

Museo de arte latinoamericano; museo nacional de bellas artes; museo de la ciudad... se escucha un ruidito. Festival de cine independiente (de quién); ciclo de cine polar francés; seminario sobre cine alemán; encuentro para discutir al cine de oriente... qué ruidito raro, de dónde vendrá. Centros culturales abiertos para todos (pocos) durante el fin de semana. Muestras de esculturas, muestras de fotografías, muestras de pinturas... ¡Qué carajo es ese ruido! Corredores arquitectónicos ingleses, corredores arquitectónicos españoles. Bach, Schuman, Chopin en la calle libertad (desde cuándo)... ¡Ese ruidito comienza a romper las pelotas! La Manifestación de Berni, La Mujer Llorando de Portinari; La Fiesta Popular Bajo un Puente de Goya; La Mujer Acostada de Picasso; Sin Aliento de Godart; el expresionismo del Dr. Caligari... ¡¡¡Por favor qué es ese ruido!!! El beso de Rodin; la sensualidad mexicana de Bresson; El Molino de la Galette de Van Gogh. Estilos renacentistas, tonalidad parisina, construcciones borbónicas. Las Variaciones de Bach, El Carnaval de Schumann, las dulces melodías de Chopin. Ese ruidito, la puta madre que no para. Ruido de solemnidad. Ruido de miedo a transgredir los mandamientos miserables de una alta cultura que, por el afán libertario del arte, es necesario cuestionar.