sábado, 29 de septiembre de 2007

¡Insania!

Por L.A.

¡Insania!

Múltiples puestos de flores. Como las tumbas apiladas del cementerio de la Recoleta. Despiden hedores moribundos. Transporto las manos hacia la nariz. Tapo sus orificios.

¡Insania!

Alfombras rociadas con desodorante de ambiente. Flores amoníacas pervierten el olfato desacostumbrado a los olores elitistas del hotel Sofitel. Náusea manifiestas en mí ser.

¡Insania!

Reside en las cercanías de las plazoletas. Cubiertas por las barreras infames que porta orgullosa la ciudad. Bosta de perro pudiente. Olorosa como bolsa olvidada. Pasan por la garganta arcadas ruidosas.

¡Insania!

En el ascensor siento el perfume amarillo de la vieja vecina. Parasitaria como muerto ante un lirio. Contengo la respiración. En el sexto piso, un vómito furioso escapa a sus zapatos acharolados.

viernes, 28 de septiembre de 2007

Cric cric


jueves, 27 de septiembre de 2007

El aleph, una biblioteca sin fin


Imaginado por Borges en La Biblioteca de Babel ("El universo -que otros llaman biblioteca- se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio..."), dos flacos de la Universidad de Standford (Sergey Brin y Larry Page) decidieron en septiembre del 98 (el 7 para ser exactos) mejorar su buscador BakRub tras rebautizarlo con el nombre Google.

Como suele suceder en estos casos, Sergey y Larry armaron una sede social en un garaje de una amiga de una amiga de Brin, donde instalaron un cable-módem y una línea LSD. Como buenos freakies decidieron el nombre Google por su parecido a la palabra "googol", que en inglés es como se le dice a la cifra "10 elevado a 100" (un 1 seguido de 100 ceros).

Nadie sabe donde finaliza este universo de símbolos ausentes de consecutividad, pero si podemos darnos cuenta de que Borges, antes que Brin y Page nacieran, pudo ver en el sótano de la casa de la calle Garay, acostado sobre el piso de baldosas, el Aleph que, con el nombre de Google, contiene todos los puntos del espacio existente. ¡Feliz noveno aniversario, manga de enfermos!

miércoles, 26 de septiembre de 2007

Tacvba, hacedor de fans


Por Patricio Erb

“Pese a que sólo conocía tres temas, fue el mejor recital en el que estuve en me vida”, me comentó un amigo hace unos quince días cuando le dije que iba a ver a Café Tacuba. Sinceramente esa frase no me sorprendió para nada, puesto que todos los fans que conozco de los mejicanotes se vieron atrapados en la fascinación de la energía que irradian desde arriba del escenario.

Cursis canciones de amor, temas ecologistas berretas, chombas retro compradas en Palermo, cortes de pelo de 50 mangos, lindas minitas arregladamente desarregladas. Todo esto forma parte de un paquete maravilloso que te vende Tacuba, que uno compra a ciegas con sumo placer: la diversión de bailar, saltar, olvidarte... en definitiva, pasarla bien, loco.

Todavía no eran las cinco de la tarde. Sentado en el London (Florida y Avenida de Mayo) desde hacía algo más de una hora con un cortado “chiquito”, un policial negro y apuntes facultativos inmaculados, esperaba ansioso la vuelta de los chavales que siempre, más allá de sus canciones pegadizas, me resultaron simpáticos buenos músicos ausentes de pretensiones divistas solemnes.

Encerrado en el cuarto de fumadores del bar, mi cortado de cinco mangos con propina no podía aguantar más la mesa. Decidí dejar sin terminar mi novela, nunca pasar al estudio e irme para La Trastienda a esperar que se cumpla el momento del show. Antes de salir me aseguré de que tuviera las entradas conmigo (sabía que las tenía, simplemente la paranoia me provocaba fijarme mil veces).

Una vez en La Trastienda (algo después de las siete –el recital estaba anunciado para las nueve-), un nuevo cortado "chiquito", de vuelta la literatura (jamás a la burocracia de los apuntes; letras fotocopiadas carentes de fetichismo no invitan a leerse). 19.30, 20, 20.30. Comenzaba a pensar que no me gustaba la idea de ver a los Cafeta sentado en las mesas con sillitas de madera que ofrece el teatro (las sillas junto a la mesa tal vez son más acordes si uno va a escuchar buen jazz o algún plomo como Radamel).

Ya adentro del teatro de la calle Balcarce, las camareras me ubicaron en la sexta fila de mesas que, sin embargo, era la duodécima fila de personas, por lo que corroboré que el plano que publica Ticketek es cualquier cosa. 21.39 se apagaron las luces. Rubén Albarrán (Sizu Yantra, Nrü y AT Medardo ILK, Cafeta, Rita Cantalagua o Anónimo, entre otros pseudónimos) apareció vestido con un traje blanco que cubría su algo más de ¿metro sesenta? Comenzó el recital con un tema del último disco (Sino). Inmediatamente finalizada la primera rolita Sizu disparó con tonada mexicana: “Me contaron que es medio careta La Trastienda; podrían pararse un poquito, ¿no?”. Creo que enseguida vino “Cero y Uno” y los que estaban parados en el fondo enfilaron por el pasillo y se fueron para adelante seguidos por los que estábamos sentados, para continuar así todo el recital de Tacuba como tiene que ser: saltando frente al escenario.

Después fueron más de dos horas de show. Desde temas melosos como “Mediodía”, “Eres” o “María” hasta los hits de la banda “El Metro”, “El baile y el salón”, “Chica banda” (donde se subieron mil flacas al escenario a bailar con el hiperquinético Albarrán). Tampoco faltaron los ya clásicos “Déjate Caer” (con la máscara y la coreografía de siempre), “Ingrata”, “Como te extraño”, “El puñal y el corazón”, “Las Flores” y, tal vez tocado por primera vez en Buenos Aires, “Trópico de cáncer”, del disco Re.

Formación clásica santaolalliana (guitarra -Joselo Rangel-, bajo -Quique Rangel-, teclados -Meme Del Real- y, desde la gira pasada, batería -decisión que le dio mucho más poder y soporte a la banda-), los oriundos de Ciudad Satélite, cada vez que tocan por los pagos han logrado convertir a un flaco desprevenido, que “sólo conocía tres temas”, en un fanático que nunca más dejará de escucharlos.

martes, 25 de septiembre de 2007

La...


lunes, 24 de septiembre de 2007

Gustavo I de Suecia


Por Nicolás Rombo

En el cuadrigentésimo septuagésimo sexto aniversario del casamiento de Gustavo I de Suecia (1496-1560), también conocido como Gustavo Eriksson, queríamos recordar la vida de un sujeto que, en principio, no paraba de coger: tuvo once hijos (Erik -con Catalina de Sajonia Lauemburgo-; Juan; Magnus; Carlos; Sten; Carlos -de nuevo-; Catalina; Cecilia; Ana; Sofía; Isabel; estos últimos concebidos por Margarita Eriksdotter, su segunda esposa).

Gustavo I (Rey de Suecia desde 1523 hasta su muerte), quien también era llamado simplemente Gustavo Vasa, estaba influenciado políticamente por Ingvar Kamprad (1490-1589), guerrero estratega amante de la novela histórica, quien se oponiía férreamente a la Unión de Kalmar impulsada por Dinamarca, Suecia y Noruega, que buscaba, por las buenas o por las malas, adjuntar al estado sueco bajo su dominio.

Tal es así, que en 1518, Cristian II, Rey de Dinamarca, decidió invadir Suecia para llevar adelante su cometido. Ante ese ataque, Gustavo Vasa (por ese entonces un simple militar) tomó parte de la batalla de Brännkyrka, que significó el triunfo de los antiunionistas y el inicio de su fama en Suecia.

Sin embargo, antes de lograr erigirse como Rey en 1523, Gustavo, quien había prometido que no estaría con una mujer hasta finalizar con la amenaza de los enemigos de Suecia (por lo que parece, lo ha conseguido), sufrió la traición de Cristian II, quien encarceló a nuestro protagonista al romper un acuerdo polítco alcanzado tras su invsión fallida.

Luego de casi un año de estar prisionero en el castillo Kalø, al noreste de Århus, Gustavo Vasa logró escapar, regresando a Suecia (previo paso por Lübeck, Alemania). De vuelta en su país, el que sería recordado como el "Liberador del Frío" comenzó una campaña militar desde el noroeste, que culminó el 20 de junio de 1523 cuando hizo su entrada victoriosa a Estocolmo (seis días antes había sido coronado en Strängnäs).

Más tarde, el 24 de septiembre de 1531, al casarse con la princesa Catalina (a los 35 años), Gustavo comenzó a recuperar el tiempo perdido teniendo a su primogénito Erik (heredero del trono), quien luego se convertiría en el más famoso organizador de orgías de todo Europa. Ya coronado, Erik XIV terminaría siendo derrocado por sus medios hermanos, que reclutaron a los hijos no reconocidos de Eriksson que alcazaban los 516, número que descendió drásticamente tras concretarse el ansiado golpe.

Resaca


Es medio berreta, pero está simpático.

sábado, 22 de septiembre de 2007

La primavera, el 23


Tal como manifestó la placa roja de Crónica el viernes por la tarde, "LA PRIMAVERA EMPIEZA EL (domingo) 23 DE SEPTIEMBRE", tras un sábado envuelto en flores (aunque del otro lado de Donato Álvarez).

viernes, 21 de septiembre de 2007

Don Pierluigi Anselmo Palermo


Por Alejandro Romero

Con los cuatro tantos convertidos el domingo a un timorato F.C.Banfield (dos de dudosa factura), Martín Palermo se ha erguido como figura excluyente de la fecha. Pero ni los cuatro goles ni el récord que persigue y que pronto batirá (está a tan sólo doce goles de convertirse en el máximo goleador de la historia del Boca Juniors.A.C) eclipsarán la llamativa y cinematográfica carrera de este player, que cuenta en su haber con goles hechos por casualidad, tarimas que se desmoronan sobre su tibia, y en consecuencia también sobre su peroné, producciones fotográficas vestido de mujer en jaulas de zoológico con monos, piropos propinados por cagatintas de primera hora, y un sinfín de etcéteras. Esto es un dato anecdótico; Martín no es el único Palermo que se destacó en la historia del apellido.

Según la foja 512/6 del Registro Nacional de Inmigraciones de 1894, en el trasatlántico “María Antonieta”, proveniente de Italia, arribó a nuestras costas, con veinte abriles recién cumplidos, Don Pierluigi Anselmo Palermo, bibliotecario del aquel entonces partido Demócrata Cristiano de Módena. Llegó al país con un claro objetivo; amasar una fortuna. Lo logró, claro está, asociándose oportunamente a quien debía. Así las cosas, Pierluigi, sin proponérselo, sería protagonista directo de curiosos episodios de nuestra historia.

En 1919 se asoció a un grupo de jóvenes militantes de la Unión Cívica Radical y conoció a Hipólito Yrigoyen. Simpatizó de inmediato con el por entonces presidente, aunque no fue mutuo el reconocimiento. Distanciado Yrigoyen de Marcelo T. de Alvear, Don Pierluigi confesó al presidente, en un bar de la calle Brasil, que había algo que no le gustaba de Alvear. “Presidente”, dijo “ustedes nunca van a saber qué clase de hombre es Marcelo”. Yrigoyen fulminó con su mirada a Don Palermo. Años después Yrigoyen entregaría el mando del país a Alvear y viceversa. Derrocado en el 30´ por un golpe cívico militar, el ya viejo Hipólito repetiría las textuales palabras de Don Pierluigi Palermo como una suerte de profecía, ante las sospechas de la participación de Alvear en su derrocamiento. He aquí su primera contribución al diccionario de frases célebres de nuestra historia.

El tiempo, pero sobre todo la apacible fortuna que amasó, transformaron a Pierluigi Palermo en un viejo paranoico y malhumorado. No confiaba en nadie y tenía como pasatiempos ampliar su anecdotario y soltar frases acabadas y ampulosas. En una de ellas encontró, sin saberlo, un sitio en la memoria colectiva. Corría el año 1946 y la emergencia de sectores anteriormente relegados al poder enfurecieron por completo al viejo Palermo. Utilizó todo tipo de adjetivo calificativo para definir al peronismo. Pero su obra cumbre no tardaría en llegar; Pierluigi, en un acto de repudio espontáneo, y haciendo valer su tan defendida independencia intelectual, construyó todo el suelo de su casa de campo con carbón y maderas de cajones de verduras en un claro signo de protesta en contra de “algunos peronistas” que, según creía, practicaban una lógica inversa. Cuentan sus familiares y algunos vecinos disidentes que escuchaban los gritos que fue Don Pierluigi Palermo aquel que popularizó el “y, ¡¿qué querés?! son peronistas, hacen el asado con parquet”. La frase, que quedó inmortalizada en el inconsciente colectivo, fue una mácula en la vida del italiano.

Los Palermos, estos Palermos, y también el Viejo, el Nuevo, el Hollywood y el Soho seguirán recordándonos a aquellos que, desde la astucia de la palabra justa o el oportunismo deportivo, desde su modestísimo lugar, desde su cotidiano aporte, nos hacen asociar día a día su apellido a una imborrable huella espiritual. Dos frescos goles más al F.C San Pablo confirman la sospecha.

jueves, 20 de septiembre de 2007

Say... more


A modo de excusa para subir un García Moreno diseñado por mi amigo Facundo, colgamos la letra Desarma y Sangra (tendremos que imaginar los sonidos del piano).

Desarma y Sangra (por Charly García)

Tu tiempo es un vidrio,
tu amor un faquir,
tu cuerpo una aguja,
tu amor un tapiz.
Si las sanguijuelas no pueden herirte,
no existe una escuela que enseñe a vivir.

El ángel vigila,
descubre al ladrón,
le corta las manos,
le quita la voz.
La gente se esconde,
o apenas existe,
se olvida del hombre,
se olvida de Dios.

Miro alrededor,
heridas que vienen,
sospechas que van
y aquí estoy:
pensando en el alma que piensa
y por pensar no es alma.
Desarma y sangra.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Paranoia


(Podés caminar con un sorete de sombrero, que igual nadie te mira).

martes, 18 de septiembre de 2007

Club Atlético Fernández Fierro


Por Facundo Carmona

Caminar por el Abasto puede ser una experiencia anodina si se la mira con desdén. Sin embargo, sus callejuelas iluminadas por luces trémulas y las bocacalles saturadas de basura y excremento; esconden un bullicioso ecosistema urbano. La pantalla del celular marca 21:25 PM y la poca gente que deambula por la acera son parte de los habitantes multiétnicos del barrio: silenciosos bolivianos de pies pequeños, peruanos bebedores de Inca Cola, paraguayos que discuten entre niños y el penetrante olor a fritura que baja como un alud desde los conventillos. El panorama de tolerancia y hermandad cuchillera se completa con coreanos y rusos que, ahogados en sus balbuceos idiomáticos, miran silenciosos el cuadro disgregado.

Sin embargo el paisaje comienza a variar con el correr de los minutos, los teatros abren sus puertas, en un restaurant de comida hindú dos parejas se sientan a la mesa para saborear el sinsabor de la oriental artimaña culinaria. Las colectividades se van replegando de apoco, abriendo el campo a los primeros visitantes de la noche: intelectuales orgánicos, catequistas de izquierda, hippies kosiuko, hordas de aborigenistas de ciudad que rememoran sus antropológicas vacaciones en el NOA. Hasta que el espectáculo es completado con un par de mods palermitanos: lentes de marco grueso y sacos de cuero que merodean los teatros enclavados en la calle Humahuaca.

En el centro de este gran souffle se encuentra el Club Atlético Fernández Fierro, el remozado galpón donde la Orquesta Típica Fernández Fierro (OTFF) toca regularmente todos los fines de semana. En la entrada se amontonan numerosas parejas y grupos de diversas edades, géneros y nacionalidades. En la fila que conduce a las boleterías, una jovenzuela de pelo azabache, metro sesenta, buenas y prominentes formas habla por celular. Espera a alguien, se impacienta y cede el lugar desconsolada. Sobre sus pechos una constelación de pecas vibran al ritmo de su respiración.

El nombre del lugar es, mínimamente, original. En algún sito se puede leer la definición de Club como “un grupo de personas libremente asociadas, o sociedad, que reúne a un número variable de individuos que coinciden en sus gustos y opiniones artísticos, literarios, políticos, filantrópicos, deportivos, etc., o simplemente en sus deseos de relación social”. ¿El tango aglutinaba a las 200 personas que se encontraban ahí?

La respuesta llego a las 23:45 cuando comenzaron a sonar las primeras notas de “Las luces del estadio”, de Jaime Roos y “Buenos Aires hora cero”, de Piazzolla un magnífico medley que irrumpió con virulencia en el silenciosos público. Una estampida de elefantes sepultó bajo sus patas al auditorio, que tan solo unos minutos antes se contorsionaba torpemente al ritmo de algunos standars clásicos del género. Sin embargo lo que prosiguió a la danza fue algo completamente diferente: un golpe de knock out directo a la mandíbula, el estremecimiento ante el poder de la música, los golpes en el estómago, las pulsaciones aceleradas. Estos muchachos estaban demoliendo el lugar.

Más allá, el tango tamizado por sus manos tiene la vigor de Mussorgsky, la oscura y profana violencia de La Noche en el Monte Calvo o de ciertos pasajes Cuadros de una Exposición. Pero más acá: una velocidad que actualiza el sonido del género sin recurrir a la ortopedia de la electrónica, demostrando que lo clásico puede irrumpir en lo moderno sin imposturas: sin el peluquín de los jóvenes de ayer y sin la vacuidad sonora de los de hoy.

La OTFF juegan al límite, son un dique a punto de reventar, que se agrieta paulatinamente. Y esto se produce, finalmente, cuando el Chino Laborde sale a cantar, vestido de mujer, “Trenzas”: voz grave, gesto adusto, venas al límite, retumba el escenario. Se va todo al carajo: una cascada de talento y energía, investida por una actitud 100% rocker; sin solemnidad tanguera, sin Silvio ni Copes. Los tangos de OTFF, propios y ajenos, suenan a esta Buenos Aires, no hay guiños al pasado, no hay estridencias gardelianas.

Desde el momento en que suena la primer nota hasta la última, se suspende momentáneamente la historia, las influencias, los covers (después habrá espacio para el análisis y las influencias, que las hay). Actual y contundente es su música, y no nos cansamos de repetir, la propia y la ajena, porque está última interpretada por ellos borra los copyright, las interpretaciones canónicas y se transforman en únicas.

Al salir la alegría de los asistentes es inmensa. En la calle dos pibes se pelean frente a una chica en chancletas, otro manguea una moneda, hay tranzas fugaces, rupturas y amoríos, mucha velocidad, mucho microondas. La gente se aleja con una sonrisa, tenían la certidumbre de haber de escuchado una parte de la ciudad.

lunes, 17 de septiembre de 2007

La noche que vi a Coppola


Por Patricio Erb

Surrealista, esa fue la sensación que envolvió a mi cuerpo mientras esperaba a mi amiga Majo en la puerta de Antares el domingo a la noche. Pasadas las ocho, aguardaba apoyado sobre el capot de un auto estacionado en la calle Armenia.

Distraído, escuchaba “Para los árboles” de Spinetta (no me acuerdo qué tema; Ciénaga dorada, tal vez). De repente miro a un viejito acompañado de una chica joven (treinta años tendría). Lo que en principio era sólo un señor con su hija, en un segundo, se apoderó de toda mi atención.

Con un sobretodo oscuro (gris topo seguramente), un gorrito de marinero que le cubría todo el pelo y unos anteojos con grandes marcos redondos, el viejito de barba blanca caminaba con pasos cortos bajo la noche del barrio de Palermo, que regalaba uno de sus últimos días invernales del año.

Por Armenia, el señor (de inocultables muchos años) venía desde Gorriti en dirección a Cabrera. Recordando con detalles, descubrí la presencia del viejito cuando estaba casi enfrente de mí. Al verlo por primera vez, mi cabeza estaba levemente inclinada mirando hacia la izquierda, para finalizar con una contorsión de cuello de 180 grados hacia la derecha, que hizo sonar varios huesos.

En esos catorce, quince, dieciséis segundos que observé al señor mayor caminar despacio en silencio con las puntas de sus zapatos hacia fuera, se me vinieron a la mente mil asociaciones que no me dejaron dudas: era Francis Ford Coppola. Pequeños comentarios en inglés de la joven señorita que lo acompañaba, colaboraron para que mis sentidos regalaran curiosidad al andar del viejito, que resultó ser el director de la trilogía más maravillosa de la historia del cine.

No me salió decirle absolutamente nada (aún ahora no se me ocurre). Me lo imaginaba más alto (rozará el metro ochenta). En tanto, sobre el asfalto de la calle, doce, trece o catorce niños riéndose a carcajadas bajaban de una vieja camioneta Volkswagen Gacel estacionada en doble fila. Yo, sentado sobre el capot del auto. Llegó Majo. Nos saludamos. Entramos a Antares. No le comenté nada. Era surrealista.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Domingo


Rincones


Sin lugar a dudas, los verdaderos pecados capitales están en el interior. Evita la avaricia, la pereza, la envidia y la soberbia, sin embargo no dudes en comer, enojarte y coger sin culpa.